¡Alabemos al Señor, porque él es bueno, porque su misericordia es constante!
Los marinos, que conocen el mar, con sus naves comercian en muchos lugares. Allí, en lo profundo del mar, han visto las maravillosas obras del Señor. Él habló, y se desató un viento tempestuoso, y gigantescas olas que se encresparon. Se levantaban hacia el cielo, o se hundían en el mar; y ellos se desanimaban y temblaban de miedo. Inseguros, daban traspiés, como ebrios; ¡de nada les servía toda su pericia! Pero en su angustia clamaron al Señor, y él los libró de su aflicción. Convirtió la tempestad en bonanza y apaciguó las amenazantes olas. Ante esa clama, sonrieron felices porque él los lleva a puerto seguro.
Salmo 107:1; 23-30 (RVC)
(Énfasis del autor)
Todo este salmo es un recordatorio de los hechos maravillosos de Dios en favor de su pueblo, a pesar de todas las idas y vueltas de aquellos que le pertenecían, una y otra vez Dios les mostraba su amor y su fidelidad incondicional. ¡Siempre podían contar con Él, en las buenas y en las malas!
El párrafo que elegí me pareció oportuno porque muchas veces creemos que en algunas áreas de nuestra vida “la tenemos clara” como se dice coloquialmente y podemos salir adelante por nuestro propio esfuerzo. Tenemos conocimiento, experiencia y con eso solo nos basta hasta que sucede algún imprevisto o de pronto estamos atrapados en una sucesión de problemas.
El texto habla de unos marinos, gente que conoce el mar, sus rostros están curtidos por el sol, acostumbrados a pelear con las olas, a hacerle frente a las tormentas y a conducir sus naves a destino. La experiencia los lleva a introducir sus embarcaciones en lugares donde tal vez otros no se atreverían, porque observan las señales de la naturaleza, miran desde dónde sopla el viento y se aventuran. Aun así, muchas veces hasta los más experimentados se desconciertan y pueden entrar en pánico
A propósito de las tempestades ¿Recuerdan la escena de la tormenta que se desató en el barco mientras Jesús dormía plácidamente?
De repente se levantó en el lago una tormenta tan fuerte que las olas inundaban la barca. Pero Jesús estaba dormido. Los discípulos fueron a despertarlo. —¡Señor —gritaron—, sálvanos, que nos vamos a ahogar! —¡Hombres de poca fe —les contestó— ¿Por qué tuvieron tanto miedo? Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo. Los discípulos no salían de su asombro, y decían “¿Qué clase de hombre es este, que hasta los vientos y las olas le obedecen?”
San Mateo 8:24-27 (NVI)
El pedido de ayuda fue breve, solo una frase, dicha en medio de la desesperación. Ambos pasajes muestran que ante las tempestades de la vida nadie es suficientemente sabio por sí mismo. Hay crisis y dificultades que no vienen como consecuencia de pecado ni de rebeldía, simplemente suceden porque estamos vivos y la humanidad está lejos de Papá. Por eso cuando de la nada llega la tormenta que altera todos nuestros cálculos y nos deja en las garras de fuerzas desconocidas, hay que intentar aunque sea tímidamente atreverse a confiar y decidirse a seguir confiando. Aunque muchas nubes oscuras puedan levantarse en contra, el Señor, que nos ha “llevado a buen puerto en el pasado” lo hará otra vez.
Entonces Jesús se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo…
Mónica Lemos
