Jesús les dijo: —Denles ustedes de comer. —¿Con qué? —preguntaron—. ¡Tendríamos que trabajar durante meses para ganar suficiente a fin de comprar comida para toda esta gente! —¿Cuánto pan tienen? —preguntó—. Vayan y averigüen. Ellos regresaron e informaron: —Tenemos cinco panes y dos pescados. Entonces Jesús les dijo a los discípulos que sentaran a la gente en grupos sobre la hierba verde.
Marcos 6: 37-39 NTV
(Énfasis del autor)
Cinco panes y dos pescados eran demasiado poco, pero Jesús tenía una formula diferente para calcular, y no era por lo que tenían en las manos, sino en base a la necesidad de los demás.
Imagino a los discípulos desconcertados por el pedido de Jesús y la orden de que debían estar sentados o recostados en el suelo.
Era una gran incógnita y una responsabilidad que los excedía.
El Maestro sabía lo que pasaría y al involucrar a los discípulos dejó en claro la responsabilidad que ellos tenían la misma que hoy nosotros de provocar sus milagros.
Jesús nos transfiere muchas veces los problemas ajenos, porque somos los responsables de provocar milagros. Ser sus discípulos nos expone a las necesidades ajenas, y nos desafía a probar el poder del Espíritu Santo.
La multiplicación estaba en las manos de aquellos que estuvieron dispuestos a ayudar.
Jesús usó como mediador del milagro a sus amigos; usó la iglesia, solo con un mínimo de recursos y Su poder, miles fueron alimentados.
“Una niñita llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad solo tenía una única oportunidad de recuperarse por una transfusión de sangre de su hermano Luca de 5 años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad. Él había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El doctor le explicó al pequeño el proceso de la intervención y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Se lo vio dudar por solo un momento y después de un gran suspiro dijo: “Si, lo haré, si eso salva a Liz”.
«Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana sonriendo mientras veía que el color de las mejillas de Liz se ponían rosadas y se puso feliz.
Después del tratamiento el doctor lo felicito y fue cuando se dio cuenta que Luca no había comprendido su explicación y pensaba que tenía que darle toda su sangre a Liz, por eso no salía de su asombro y alegría. El doctor impactado lo escuchó decir: “Mi sangre es lo único que tengo para provocar su milagro”.
Al terminar la transfusión miró feliz a su hermana y entendió que, al exponerse en el milagro para ella, él también recibiría el suyo.”
Tomado y adaptado de “Historias conmovedoras para reflexionar”
No nos hace falta tener mucho de nada, aún con lo poco que podamos tener podemos provocar bendiciones extraordinarias.
No depende de nuestra economía, estudios, oficio o talento porque los milagros que ocurren a través nuestro expresan el deseo de Papá de dar nueva vida.
Unidos a Cristo provocaremos los milagros que muchos necesitan. Simplemente tenemos que ser capaces de creer y dar.
Ruth O. Herrera
