Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto. Dios la usa para preparar y capacitar a su pueblo para que haga toda buena obra.
2° Timoteo 3:16 y 17 (NTV)
(Énfasis del autor)
Hace unos meses tenía una pérdida en el sifón de la pileta de mi cocina. Llamé a alguien conocido que es plomero, le conté lo que me pasaba y vino ese mismo día. Me ilusioné pensando que lo resolvería. Sin embargo, solo vino, miró y se fue a los cinco minutos. Me dijo “la semana próxima vengo, hoy no traje las herramientas, solo vine para ver cuál era el problema” Me quedé asombrada. Yo le había explicado en detalle cuál era el problema, pero él, aunque conocía su oficio, no estaba equipado para solucionarlo…
Parece gracioso, si no fuera tuve que seguir esperando y colocar un balde debajo de la pileta para que cayeran las gotas de agua que brotaban del caño roto.
A veces nos pasa algo similar. Conocemos la teoría, pero no usamos las herramientas adecuadas en el momento preciso.
Las Escrituras son útiles. Nos preparan, nos capacitan, nos proveen herramientas espirituales. El objetivo de Papá es que su pueblo pueda estar equipado para realizar toda buena obra.
Pablo le dice a Timoteo que el propósito, el para qué de la Palabra es que alcancemos madurez espiritual para cumplir con nuestra asignación en la tierra.
Para decirlo de otra manera, todos los recursos e inspiración que necesitamos para hacer Su obra en el mundo los encontramos en La Biblia. La relación con el Señor no está completa si no conocemos, entendemos y aplicamos Su palabra.
En el pasado, los evangélicos hicieron énfasis en conocer, estudiar las Sagradas Escrituras y profundizar en ellas. Uno de los postulados era “La Biblia es nuestra única fuente de fe y práctica” Se nos llamaba “el pueblo del libro”. Estas declaraciones son correctas. Incluso, si retrocedemos un poco más en el tiempo la Reforma se produjo como resultado del redescubrimiento de verdades de la Palabra de Dios que habían sido ignoradas durante siglos.
Cuando se puso el acento en el conocimiento bíblico y se descuidó o se puso en segundo lugar la relación con Dios, el resultado fue, en muchos casos, un conocimiento intelectual correcto, pero desconectado de una relación de intimidad con Su autor.
Por eso la Palabra sin el obrar del Espíritu Santo puede provocar religión…. Pero no siempre relación.
El énfasis debe estar en la relación, sin embargo cada uno tiene un concepto diferente de lo que el término significa.
El uso de la tecnología ha atravesado también nuestro lenguaje y hablamos de “estar en contacto con el Señor” de establecer “una conexión con Cristo”. ¿No te resulta llamativo que la palabra vínculo ya no se use tan a menudo para hablar de la relación entre dos personas? Preguntamos ¿Qué sabés de fulanito? Y la respuesta puede ser “No sé, hace tiempo que no tengo contacto con él”.
Jesús, nuestro modelo supremo. El Hijo de Dios, el hombre perfecto y lleno del Espíritu mantenía una relación, un vínculo íntimo con Su Padre y también tenía un conocimiento profundo de la Palabra. Podía citarla de memoria, explicar su significado y asignarle su verdadero sentido. Amaba a Su Padre y amaba La Palabra. No había contradicción entre la teoría y la práctica, entre lo que sabía, enseñaba y vivía.
Nosotros, sus discípulos actuales tenemos la gran oportunidad de cerrar el cisma entre la relación con la persona y conocimiento de Su obra. Dios sigue insistiendo con su pueblo para que, lejos de amoldarse a este siglo, se dejen transformar día a día por Él.
