Prepararse para tiempos de crisis

 Armándose de valor, Ezequías fortificó y reparó las brechas de la muralla. Reconstruyó las torres sobre ella e hizo una muralla exterior a la que había. Fortificó el Milo de la Ciudad de David y fabricó muchas lanzas y escudos. También puso jefes militares al frente de la gente. Convocó a todos en la plaza que está frente a la entrada de la ciudad y los animó con estas palabras: «Sean fuertes y llénense de valor. No tengan miedo y no se espanten ante el rey de Asiria y ante el numeroso ejército que trae consigo, porque hay más con nosotros que con él.  De su lado está la fuerza humana pero a nuestro lado está el SEÑOR nuestro Dios para ayudarnos y luchar nuestras batallas». El pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías, rey de Judá.

2 Crónicas 32:5-8 (PDT)

(Énfasis del autor)

 

Ayer te conté un episodio de la vida de Josué. Él experimentó el poder del Señor que detuvo el tiempo para que pudiera terminar la batalla y vencer definitivamente a sus enemigos.

Hoy quiero hablarte de un rey llamado Ezequías. Este hombre  gobernó Judá durante veintinueve años. En ese período introdujo numerosos cambios: destruyó los ídolos y derribó los altares y templos paganos; reabrió el templo del Señor que había cerrado su padre Acaz, lo limpió y restableció la adoración y el sacerdocio de los levitas. Durante su reinado la Pascua volvió a ser una fiesta nacional. Sus reformas produjeron un gran avivamiento.

Sin embargo, también experimentó temporadas de crisis. Asiria era un país enemigo,  ya había conquistado a la mayoría de los pueblos vecinos y Judá no iba a ser la excepción. Al contrario, el rey asirio se dedicó a hostigar al pueblo de Dios, a intimidarlos toda vez que pudo y a burlarse del Señor y de la fe de los suyos en Él. Les envió mensajeros para desanimarlos, le escribió cartas al  rey donde le hacía dudar del todopoderoso y le aconsejaba la rendición como única salida.

 

Ezequías,  consciente de que vivía en medio de una cultura pagana, reforzó su confianza en Dios y trabajó para prevenir los ataques. Reparó las brechas, reforzó las murallas, reconstruyó las torres y edificó otra muralla extra que cubría a la que ya existía, fabricó armas para la guerra y puso jefes militares a cargo de distintos grupos. Hasta cerró los pozos que suministraban agua para que el enemigo no pudiera acceder a ellos y construyó un túnel subterráneo, al que se conoce como el túnel de Ezequías, para proveer agua para su pueblo. Luego reunió a toda la gente en la plaza principal y los animó: No tengan miedo y no se espanten ante el rey de Asiria y ante el numeroso ejército que trae consigo, porque hay más con nosotros que con él.  De su lado está la fuerza humana pero a nuestro lado está el SEÑOR nuestro Dios para ayudarnos y luchar nuestras batallas».

 

¿Qué lecciones podemos extraer de este rey? Él desde un principio trabajó para destruir la idolatría que había contaminado al pueblo y restablecer el lugar de adoración al único Dios verdadero. Se esforzó para volver a levantar el nombre del Señor en medio de una cultura hostil. Recién después comenzó a prepararse para el ataque que vendría. Cerró las brechas, reparó muros, volvió a construir las torres hasta edificó una muralla extra.  Como líder, guió a su gente a depositar toda su confianza en el Comandante en jefe de los ejércitos celestiales.

 

Todos somos líderes de alguna manera, en nuestra comunidad de fe o en nuestra familia y por eso podemos apropiarnos de estas enseñanzas para nuestra vida.

Tal vez suene un poco fuerte pensar en que debemos destruir ídolos. Nosotros no adoramos figuras de madera ni de metal, pero… a lo mejor sin querer a veces ponemos nuestra confianza en personas, posibilidades materiales o incluso en nuestra fidelidad a Dios y corremos a Jesús del centro de nuestra vida. Si es así, es tiempo de reparar el verdadero altar.

 

Es posible que también tengamos algunas brechas sin cerrar, fisuras producidas por heridas que no hemos sanado, frustraciones acumuladas, dolor no reconocido. En nuestros muros tal vez aparecieron grietas. No son siempre visibles, pero están.  El escudo de la fe que nos protege de los dardos del enemigo a lo mejor se ha desplazado de su lugar y ya no resulta tan sólido. O simplemente creemos que porque tenemos muchos años en el camino del Señor hemos alcanzado cierta madurez y ni se nos ocurre construir una muralla extra en nuestro interior que impida el paso de influencias culturales y sociales que sabemos que nos dañan, pero siguen allí y no nos decidimos a ponerle fin.

 

En cuanto al túnel de agua… tenemos la posibilidad diaria de permitir que el Espíritu lo siga construyendo en nosotros. ¿Te acordás de la frase de Jesús?

El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

(San Juan 7: 38 RVR60).

 

Que en este día Papá te permita descubrir cuáles de las reformas de Ezequías podés implementar para experimentar un avivamiento espiritual que traiga sanidad y paz.

 

Mónica Lemos