Prestá atención

Por favor, vuelve a nosotros y danos vida de nuevo.    Haz que tu pueblo se sienta feliz de ser tuyo. SEÑOR, muéstranos tu fiel amor  y sálvanos. Yo prestaré atención a lo que dice el SEÑOR Dios.    Él hablará de paz para su pueblo, para su gente fiel,   siempre y cuando no vuelvan a la vida sin sentido que vivían antes.

Salmos 85: 6-8  (PDT)

(Énfasis del autor)

Durante esta semana pensamos juntos sobre la importancia de las palabras. Aquellas que nos ayudan a comunicarnos con otros y también con Dios.

Hoy te invito a que reflexionemos acerca de otra parte fundamental en nuestras interacciones: el prestar atención.

Algunas versiones lo  traducen como escuchar, estar atentos, obedecer. Siempre que leemos algo en un idioma que no es el original, algo de la riqueza del término se nos escapa, por eso reunir varias expresiones diferentes nos da una idea más acabada de lo que el autor quiso decir.

El salmista le pide a Dios que haga que su pueblo se sienta feliz de ser suyo. Y a continuación se afirma en una declaración de interés. Yo prestaré atención a lo que dice el SEÑOR Dios.

Nosotros utilizamos mucho la palabra escuchar cuando hablamos de la importancia de  comunicarnos para establecer relaciones sanas, pero muchas veces escuchamos como al descuido, mientras pensamos en qué es lo que vamos a responder, o nos distrae el ruido que nos rodea, o más aun las preocupaciones o la lista de tareas pendientes.

Cuando tenemos toda esa marea de estímulos, se hace difícil prestar atención al otro. A lo que dice y a lo que calla. Hay obstáculos que nos impiden comunicarnos con eficacia.

Con Dios sucede algo parecido. Hablamos con Él, vamos con todas nuestras necesidades anotadas en un papel o grabadas en nuestra mente, pero muy raramente prestamos atención a lo que Él quiere decirnos o mostrarnos.

Sabemos que Él siempre está obrando en nosotros y a nuestro alrededor y, si estamos atentos, podemos percibir cuando Su palabra llega, por ejemplo a través de un hermano en la fe. Estamos en medio de una charla casual y de repente alguien dice algo que parece simple y que es muy conocido, pero que tiene todo el peso del Espíritu. Entonces nuestro espíritu inmediatamente puede reconocerlo, si es que prestamos atención.

Creo que alguna vez te conté esta historia, pero por las dudas, te la recuerdo. A fines del año 2000 falleció mi papá. En ese tiempo yo me reunía un sábado al mes para estudiar junto con un grupo de personas de distintas denominaciones, que venían desde distintos lugares de Buenos Aires. Conocía a todos de vista, y con algunos había establecido un vínculo un poco más cercano.

La partida de mi papá fue muy dolorosa para mí. Sumado al hecho de que no pude llorar su ausencia porque había interpretado mal una frase que él me repetía cuando yo era chiquita: “El día que yo muera no lloren porque yo voy a estar mejor que nunca, voy a ir al mejor lugar, a estar con mi Señor”.

Yo tenía grabada a fuego esa frase, para mí era un mandato. Tanto es así que recuerdo haberme enojado con mi mamá porque ella sí lloraba. No podía entenderla.

Mientras tanto la angustia se iba acumulando en mi interior y no había manera de sacarla. Simplemente no podía llorar.

Después de dos meses de ausencia, un sábado regreso a la clase y uno de mis compañeros que estaba sentado delante de mí de pronto se da vuelta y me saluda. Era un muchacho delgado y alto,  tenía cabello largo y barba, usaba buzos holgados y jeans gastados y anchos. Nunca habíamos cruzado más que el saludo. Pero ese día me dijo que le había extrañado no verme y quería saber si me había pasado algo. Le conté. De pronto me miró y me dijo “¿vos llorás?” Parecía muy loca su pregunta… respondí que no y entonces él agregó: “Qué lástima, Jesús no va a poder consolarte porque la Biblia dice “Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consuelo” dicho esto, se dio vuelta y no volvimos a hablar.

Yo conocía el texto de memoria, sin embargo sus palabras taladraron mi ser, de tal forma que cuando llegué a mi casa, fui a mi cuarto, me tiré en la cama y lloré durante cuatro horas seguidas. Mi mamá estaba muy preocupada, iba y venía de la habitación sin saber qué hacer ni qué decir.

Solo cuando al fin pude calmarme le conté mi experiencia con este chico. No recuerdo ni su nombre pero nunca olvidaré sus palabras…

En medio de la actividad de todos los días, prestá atención a lo que Papá quiere decirte… o a lo que quiere que digas.

Él siempre se comunica, solo tenés que estar atento. Tal vez te regale palabras de paz, de seguridad o de consuelo para vos o para otros…

 

 Mónica Lemos