Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre muchísimos pecados. Practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse. Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando bien la gracia de Dios en sus diversas formas. El que habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios; el que presta algún servicio, hágalo con la fortaleza que Dios le proporciona. Así Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
1° Pedro 4: 8-11 NVI
(Énfasis del autor)
El apóstol Pedro escribe esta carta a creyentes que estaban atravesando tiempos difíciles. Muchos cristianos vivían dispersos, enfrentando presión social, rechazo e incluso persecución. En medio de ese contexto, Pedro no comienza hablando de estrategias, estructuras o programas. Comienza con algo mucho más profundo:
el amor entre los creyentes.
El apóstol dice “sobre todo”. Es decir, por encima de muchas otras cosas, hay algo que debe sostener la vida de la iglesia: un amor profundo y perseverante entre los hermanos.
Esto no es un consejo superficial. Es una realidad espiritual fundamental… una necesidad. La comunidad cristiana no se mantiene unida solo por doctrinas, actividades, tradiciones o costumbres. Es por la experiencia de amor que nace en Dios.
Pedro conoció y comprobó el amor más extremo al compartir su vida con Jesús, y al hablar de amor no se refiere a un sentimiento pasajero ni a una simpatía natural.
Habla de ponerse en el lugar del otro, de comprometerse, de sostener, (aguantar sobre sí mismo) la lealtad a pesar de…
La iglesia primitiva entendía algo que hoy necesitamos recordar: “La unidad se construye a partir del amor activo entre las personas”.
Al decir “profundamente”, Pedro intenta dimensionar una clase de relación que es resistente, que está tensa, estirada al máximo, como una cuerda que se extiende hasta su límite. Como el amor que nos mostró Jesús, intenso más allá de lo cómodo. Significa seguir amando cuando la relación se vuelve difícil, permanecer cerca cuando sería más fácil alejarse.
Cuidar la amistad incluso cuando aparecen malentendidos, elegir la unidad antes que el orgullo, “considerar a los demás como superiores a nosotros mismos”.
La vida comunitaria siempre presentará desafíos. En la tarea del comedor, el ropero, la portería y otros espacios de servicio en el que el trabajo es cansador. En la combinación de liderar en equipo una red o preparar cultos, no sería raro que pudiera haber diferencias, sensibilidades distintas, errores y fallas.
Por eso Pedro no dice simplemente “ámense”, sino “ámense profundamente”.
El desafío no es amar… es cómo amamos.
Ruth O. Herrera
