Provocando a Dios

Un día Eliseo se hospedó en la casa y entró al cuarto para descansar. Eliseo le dijo a su siervo Guiezi:—Llama a esta mujer sunamita.

El siervo la llamó y ella fue y lo atendió.  Eliseo le dijo: —Ahora dile: “Mira, has hecho lo mejor que has podido para atendernos. ¿Qué podemos hacer por ti? ¿Quieres que hablemos de tu parte al rey o al comandante del ejército?”

Ella contestó: —Estoy contenta viviendo entre mi pueblo. Eliseo le dijo a Guiezi: — ¿Qué podemos hacer por ella?

Él contestó: ¡Ya sé! Ella no tiene hijos y su esposo ya es viejo. Entonces Eliseo le dijo: —Llámala de nuevo.

Entonces Guiezi la llamó y ella se acercó para atenderlo. Eliseo le dijo: —Para la primavera entrante tendrás en brazos a tu propio hijo.

2° Reyes 4:11-16 PDT

 

Pasar por el pueblo de Sunem para Eliseo y su siervo dejó de ser un problema cuando conocieron a una importante mujer que lo invitó a su casa a comer. Ella, aun siendo de un pueblo pagano, reconoció en Eliseo un personaje famoso y lleno de misterio, una realidad espiritual desconocida para alguien común como ella. Él aceptó aquella invitación y comenzó una nueva historia para ella y su anciano esposo. 

 

Nunca imaginó lo que vendría, su intención era ser hospedadora y amable, pero algo había en Eliseo que hacía que una y otra vez repitiera la invitación.

Hasta que la visita se hizo tan habitual que Eliseo fue como parte de la familia y convenció a su esposo para hacer algo más:  Ya no solo recibirlo de visita, sino construir para él su propia habitación, cómoda y amplia para que Eliseo se hospedara con Giezi.

Mesa, silla, lámpara… quizás cortinas limpias, camas cómodas y una tinaja de agua para el aseo personal hacían de esa habitación un lugar íntimo y de gran ayuda, donde el profeta recobraba fuerzas para seguir con su ministerio.

 

Más tarde, de manera repentina, Eliseo quiso reconocer la amabilidad y amistad de la mujer ofreciéndole usar sus contactos políticos en su beneficio.

Pero, ¿por qué aquella mujer no aceptó el ofrecimiento de Eliseo?  Realmente su posición era buena y no necesitaba ese tipo de ayuda. La atención y el agradecimiento del profeta no eran su motivación.

 

Reconocer cuando Dios está cerca, poder participar y colaborar en su obrar, fue una virtud en aquella mujer. Invertir, planear, involucrarse, éstas fueron las claves para que en la casa de Sumen habitara el poder de Dios. Un conocido autor recomienda en uno de sus libros, subirse a la ola de Dios cuando está cerca, surfear y usarla para viajar hasta donde están sus milagros.

 

¿Cuántas veces anhelamos respuestas, eventos únicos, milagros… que no siempre llegan como o cuando deseamos?

A veces los recibimos tal cual los pedimos; y otras, hay silencio en el cielo. Entonces nos decepcionamos y desalentamos. Pero hay otras ocasiones en las que los milagros nos sorprenden y asombran con su llegada inesperada.

 

¿Cómo vivís entre la espera y los milagros? ¿De qué manera recibís lo que nunca pediste?

 

¿Reconoces dónde está la obra de Dios y te asociás a ella?

 

Para ser “socios de Dios” hay que estar dispuesto, dispuesta a invertir tiempo, fuerzas, sueños, y hasta tus bienes sólo por estar pendiente del Señor.

 

Ruth O. Herrera