De manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel.
Mateo 15.31
Hace apenas unas semanas estábamos como iglesia, pidiendo milagros sobre algunas personas puntuales… ¡y Dios los hizo!
Respuestas a operaciones difíciles y cuadros complicados, según los doctores.
Pero Papá siempre tiene una opinión optimista frente a nuestros miedos, esperas y ansiedades. Y en los cultos pudimos aplaudir y celebrar las victorias contundentes.
La pregunta de hoy es: ¿Realmente creo que Dios me dará ese milagro personal que estoy esperando?
Sabemos, creemos, confiamos, declaramos y celebramos… los milagros ajenos, pero dentro nuestro a veces la fe no alcanza.
Bueno, quizás esta sea solo mi experiencia. Porque ante las situaciones que me apremian, me confrontan y en las que tengo que llevar mis pensamientos cautivos a la mente de Cristo, no me resulta sencillo descansar totalmente.
El temor y los pensamientos de duda me condicionan.
¿Qué experimentaban los que seguían a Jesús, la multitud expectante de sus obras? “Asombro”
A pesar de las dudas sé que la gratitud y la celebración frente a los milagros de Dios, profundizan y expanden la fe. Al reconocer que los milagros no caducaron y siguen vigentes entre quienes seguimos hoy a Jesús, aunque sea esforzadamente, la fe sigue siendo fe.
Celebrar la vida trae vida; aplaudir la salud, sana.
No te dejes ganar por los enmarañados argumentos de tu cabeza. La mano de Papá no se detiene y hay mucho más por recibir y mucho más por celebrar y agradecer. Dios también te sorprenderá con milagros.
Ruth O. Herrera
