— ¿Dónde aprendió éste todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero, y no es María su madre? ¿No es el hermano de Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas también aquí entre nosotros? ¿De dónde le viene todo esto? Y se resistían a creer en él.
Mateo 13:54-57 NVI
(Énfasis del autor)
La historia revela que los grandes hombres de todos los tiempos siempre han sido, hasta cierto punto, hombres solitarios. Realizaron sus memorables obras y pensaron sus excepcionales ideas dentro de estilos de vida que muy pocos entendieron. Esta característica la tuvo nuestro Salvador, a quien Isaías describió en la profecía como a un hombre que fue «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro» Isaías 53: 3a
Cuando buscamos “inquietos” algo nuevo en la Biblia, siempre encontramos una nueva experiencia, dirección, aliento, aun donde ya habíamos leído muchas veces.
El evangelio de Mateo y el de Marcos hacen la misma referencia acerca de lo difícil que fue para Jesús desarrollar su ministerio.
Marcos 6: 3 cuenta cómo Jesús llegó a su pueblo natal en Nazaret y la gente que lo conocía y era oriunda del lugar decía: “¿cómo un carpintero puede tener tales cualidades?”. Ellos creían que él era solo un artesano y para nada lo reconocían como Mesías.
Él mismo lo dijo: “nadie es profeta en su propia tierra”, y lo vivió en su ciudad, su familia y su pueblo.
Un joven que experimentaba en sí mismo la contradicción de ser cien por ciento humano y desarrollar su obra como Dios mismo, y además tenía que luchar con la incredulidad de su entorno que, por ende, lo llevaba a vivir muchos momentos en soledad.
Su propia nación, que era su prioridad, no le creyó: “Vino a su propio mundo, pero los suyos no lo recibieron”. Juan 1:11
El pueblo esperaba un libertador político y social. Querían vivir de otra manera, no bajo la ocupación romana, querían justicia para su pueblo y tenían razón en sus reivindicaciones. Jesús también quería lo mismo. Pero ellos no habían entendido que el Reino de Dios pasa ante todo por la conversión del corazón. Ellos querían un cambio inmediato de las estructuras de injusticia
Dentro de su misma familia desconocían su misión: Sus hermanos le dijeron: —Debes ir a Judea, para que tus seguidores puedan ver las grandes obras que haces. Cuando uno quiere que todos lo conozcan, no hace nada en secreto. ¡Deja que todo el mundo sepa lo que haces! Dijeron eso porque ni siquiera ellos le creían. Juan 7: 3-5
Tiene lógica. Las relaciones entre hermanos son de una intimidad y conocimiento profundo y compartir juegos, caprichos, comidas, y hasta la misma ropa, provoca entre ellos una relación simbiótica. Aun cuando haya diferencias de edades, siempre los hermanos, en una familia unida, son como la extensión de uno mismo en las cosas buenas y no tan buenas.
Entonces, si Jesús era uno más de la familia, ¿por qué sería tan especial? ¿Qué era verdad y qué era parte de su imaginación? Siempre había sido muy místico y hasta un poco raro, demasiado estudioso y consentido por mamá… ¿qué pruebas necesitaría un hermano para creer que era “el hijo de Dios”?
Así Jesús comenzó su ministerio por el camino del aislamiento y la incomprensión, porque aunque lo rodeaban miles, su intimidad estaba caracterizada por su soledad. Y es que por su manera natural y sencilla de vivir, quienes lo conocían luchaban con la fe y la duda.
Mucho se dijo y escribió acerca de su soledad y ministerio incomprendido. Pero nadie pudo negar que a pesar de esas circunstancias aparentemente contradictorias, Jesús dio claras muestras de divinidad y que la fe o incredulidad de quienes lo rodeaban no afectaron para nada el plan perfecto de salvación.
¡Qué maravilloso es que aun en medio de su soledad, Jesús fuera, entre los hombres, la manifestación de la Gloria de Dios!
Hoy te invito a levantar adoración a Jesús, el Cristo, quien no se aferró a su condición de Dios y “se expuso a la vida”… y también a la muerte.
Ruth O. Herrera
