Después de esto, el Señor le habló a Abram en una visión y le dijo: —No tengas miedo, Abram, porque yo soy tu protector. Tu recompensa va a ser muy grande. Pero Abram le contestó: —Señor y Dios, ¿de qué me sirve que me des recompensa, si tú bien sabes que no tengo hijos? Como no me has dado ningún hijo, el heredero de todo lo que tengo va a ser Eliézer de Damasco, uno de mis criados.
El Señor le contestó: —Tu heredero va a ser tu propio hijo, y no un extraño.
Génesis 15:1-4 DHH
Tiempo… nuestras horas están plagadas de decisiones y nuestras decisiones corren detrás de nuestra impaciencia. Estamos acostumbrados a lo instantáneo en una sociedad ansiosa. Nadie quiere esperar que el semáforo dé señal de paso para cruzar, en el supermercado buscamos la cola con menos gente para pagar, y la comida instantánea ya no es una moda, sino una “necesidad”. Los chicos crecen con la consigna de hacer antes lo que deberían hacer en el tiempo oportuno.
Lo agitado de nuestros días absorbió la capacidad de tomar tiempo para las decisiones cotidianas, y a nadie le gustaría que lo que Dios tiene que hacer en nosotros tarde… ¡¡400 años!!
Pero Dios se toma su tiempo, y su tiempo es perfecto, aunque nosotros lo vivamos impacientes. ¿Por qué? ¿Para qué? ¡No lo entiendo! ¡No puedo esperar más! ¡Dios no me escucha! … o la resignada frase: ¡y bueno… qué le voy a hacer! Parten del típico razonamiento que no permite considerar con un mayor alcance el plan de Dios.
Cuando Dios le hizo la promesa de una gran decendencia, el patriarca no tenía ni un hijo, ya era anciano y su esposa estéril, así que le era imposible esperar lo que años después fue una realidad… Un hijo llamado Isaac, un nieto llamado Jacob y 12 bisnietos, y uno de ellos les salvaría la vida a toda la gran familia.
El gran José, que como la mano derecha del faraón y distanciado de su familia, mandó traer a su padre y hermanos a Egipto donde había comida, llegaron alrededor de 75 personas, y 400 años después llegaron a ser casi 1.000.000. Para Abraham, para vos y para mí es demasiado tiempo, pero desde la perspectiva de Dios es una promesa cumplida.
Si podés recordar e identificar cómo es que Dios te trajo hasta este día, cuántos Mar rojo ya cruzaste, de cuántas plagas te libró, ¡Qué bueno es que seas capaz de contar su maravilloso plan generacional! Pararte sobre sus promesas, declararlas, confesarlas y repetirlas… y entender que Dios se toma su tiempo.
Qué importante es que puedas contarle a tus hijos, nietos y a cuanta persona te rodee, cómo Dios va cumpliendo a través de los años sus promesas. Ayudar a que los pequeños y los jóvenes descubran, como en un rompecabezas, cómo cada pieza unida a la otra muestra la perfecta voluntad de Dios.
—No tengas miedo, Abram, porque yo soy tu protector. Tu recompensa va a ser muy grande.
Génesis 15: 1b DHH
Ruth O. Herrera
