¿Qué te distingue?

 Ezequías confiaba en el SEÑOR, Dios de Israel. No hubo nadie como él entre todos los reyes de Judá antes o después de él.  Ezequías fue muy fiel al SEÑOR, no se apartó de él. Obedeció los mandatos que el SEÑOR le había dado a Moisés.

2 Reyes 18: 5 y 6 (PDT)

(Énfasis del autor)

 

La semana pasada hablamos de Dios como Señor del tiempo. Por eso, retomamos ese hilo conductor y continuamos este lunes recordando una batalla que libró Josué. El Señor de los ejércitos le había garantizado la victoria, pero aun así el sucesor de Moisés tuvo que luchar y  en un momento de la contienda necesitó tiempo extra. En esta historia vemos al Todopoderoso dispuesto a alargar el día para que el ejército pudiera obtener la victoria. Él peleaba por su pueblo.

Cuando pasamos épocas de lucha y dificultades no debemos olvidar que Papá no solo nos defiende, sino que también pelea nuestras batallas.

 

Continuamos nuestro recorrido con Ezequías, que reabrió el templo del Señor que su padre había cerrado, destruyó los ídolos y todos los altares paganos. Restauró la adoración y fortaleció la ciudad para el tiempo difícil que se avecinaba. Se ocu´po de cada detalle para asegurar al pueblo y después animó a la gente  recordándoles que Dios estaba de su lado. Este líder nos enseña a utilizar las herramientas adecuadas para facilitar un avivamiento y también qué debemos reparar y reedificar para anticiparnos a  los malos tiempos.

 

De él también aprendemos que aunque seamos obedientes y fieles no siempre la vida personal será un lecho de rosas. Se enfermó de repente y recibió una palabra profética terrible: Tenía que ordenar sus asuntos porque iba a morir. Oró  y lloró delante del Señor e inmediatamente recibió salud y se le concedieron quince años más de vida. Aún así quiso asegurarse y pidió que la sombra retrocediera diez gradas (escalones). Dios se lo concedió. 

Si nos ponemos en su lugar seguramente aprovecharíamos cada instante para hacer las cosas de la mejor manera posible y corregir lo que hemos hecho mal… No sucedió así. Los tiempos buenos fueron una trampa para él, sacaron a la superficie su deseo oculto y su arrogancia le costó una severa reprensión de parte de Dios que no solo lo afectó a él, sino al futuro de todo el pueblo. Su orgullo  y egoísmo le impidieron escuchar todo el mensaje y seleccionó lo que le resultaba más conveniente.

 

Las adversidades prueban nuestro carácter y las temporadas de bendición también. Los dos extremos descubren cimientos. Por eso es fundamental seguir construyendo sobre el Único que trasciende los tiempos y las edades.

 

Ezequías fue un gobernante excelente. Como todo ser humano tuvo áreas sólidas y otras más débiles, no obstante el texto que inicia el día de hoy resume  su vida en una frase. No hubo nadie como él entre todos los reyes de Judá antes o después de él.

Es verdad que este soberano tuvo la bendición de crecer bajo la influencia nada menos que del profeta Isaías. Eso le permitió romper la historia de idolatría que heredó de su padre Acaz y elegir un modelo de vida diferente.

 

Esta es otra lección para tener en cuenta. No siempre tenemos la posibilidad de crecer y desarrollarnos bajo la influencia piadosa de una familia consagrada a Dios, pero podemos estar seguros de que Papá pondrá amigos, líderes, hermanos de la comunidad de fe que puedan guiarnos y mostrarnos que una vida diferente es posible.

¿Qué fue lo que distinguió a este funcionario de todos los que estuvieron antes y después de él? Más allá de todas las reformas que produjeron un gran avivamiento en Judá, las dos virtudes que caracterizaron su  vida fueron su confianza en Dios y su fidelidad a Él. Nunca se apartó de su Señor.

 

Esta posibilidad también está disponible para vos y para mí. Independientemente del lugar que ocupemos, de las herencias familiares, de los recursos intelectuales o materiales que poseamos, siempre podemos elegir confiar en Papá con todo nuestro ser y ser fieles a Él en todo tiempo.

Este espíritu también podemos transferirlo a otros en nuestra congregación y en todo lugar donde el Señor nos haya colocado.

 

Mónica Lemos