De allí, Jesús se fue a su tierra, y sus discípulos lo siguieron. Cuando llegó el día de reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga. Al escuchar a Jesús, muchos se preguntaban admirados: «¿De dónde sabe éste todo esto? ¿Qué clase de sabiduría ha recibido? ¿Cómo es que con sus manos puede hacer estos milagros? ¿Acaso no es éste el carpintero, hijo de María y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿Acaso no están sus hermanas aquí, entre nosotros?» Y les resultaba muy difícil entenderlo. Pero Jesús les dijo: «No hay profeta sin honra, excepto en su propia tierra, entre sus parientes, y en su familia.
Marcos 6:1-3 RVC
(Énfasis del autor)
Conocer realmente a Jesús y aceptarlo y reconocerlo como nuestro Salvador y Dios también requiere de reconocerlo como un hombre sujeto a nuestras mismas pasiones y emociones.
Jesús llegó a sus treinta años viviendo con su familia y ejerciendo su oficio de carpintero.
¡Qué bueno saber que el Señor de señores trabajó y desarrolló una actividad común a los hombres! Íntegro y esforzado, levantándose cada mañana para cortar, tallar, serruchar y armar los muebles que después se venderían en la carpintería de su padre.
Y no solo aprendió un oficio, sino que conjugó los aspectos naturales y prácticos de la vida con su desarrollo espiritual. Ambos iban juntos.
En familia, como hijo y hermano, compartiendo almuerzos y cenas. Cansado cada noche por el esfuerzo de acarrear maderas, nuestro Maestro nos enseñó así el valor del trabajo.
Poco a poco en él se fue provocando y revelando el propósito de Dios para su vida. Y seguramente invirtió gran parte de su tiempo en descubrir y entender la revelación profética que lo orientaba hacia el proyecto divino. No se apuró y esperó el tiempo oportuno… «el tiempo señalado por el Padre”
Entre viruta y polvo, Jesús fue gestando al Cristo. En lo cotidiano cada día se descubría a sí mismo, como todo adolescente y joven, formando su carácter entre risas, enojos, soledad, amistades, cansancio, estudios y proyectos.
Resistió las tentaciones propias de un joven comprometido, determinado y enérgico. No adelantó ni atrasó su ministerio, pasó por cada etapa desde que era niño hasta llegar a ser un joven hebreo. Y al pasar el tiempo el Padre iba formando en Él al Mesías visible, el Siervo sufriente, el Rey de reyes manifestado en aquel joven pueblerino.
Jesús sabía que había un tiempo determinado desde el principio para que ejecutara la redención. Y le dio a cada día su valor y caminó decididamente hacia el cumplimiento de la promesa. Aprendió que cada día tiene su propio afán y creyó que los tiempos de Dios se cumplen. Que su voluntad es soberana, y el tiempo le pertenece.
Sujetó así la impaciencia y se enfocó en la voluntad de Papá.
Pensando en esto me impacta cómo se expuso a la crítica, convivió con los que no le creyeron, amó a los que lo desacreditaban y le ponían trampas. Su misión abarcaba a los que le creían y también a quienes lo odiaban.
Por eso, tiempo después Jesús les preguntó a sus discípulos: “¿quién soy yo para ustedes?” El compartir la vida, los días, la rutina, conocer los detalles y gestos de un hombre “común” requería de esta pregunta, una confrontación que los posicionaría frente a la divinidad del Maestro.
Sus vecinos, amigos del barrio, compañeros de travesuras, sus hermanos… todos tuvieron que reconocer… o no, al Mesías hecho hombre. Pelear con las dudas, los recuerdos comunes, el ver a Dios en persona.
¿Cuál creés que hubiera sido tu reacción, tu decisión y compromiso? Hoy nos resulta casi sencillo creer, ya sabemos el final de la historia. Pero, ¿somos diferentes a ellos?
¿Creemos a pesar de lo que no vemos?
Te invito a seguir intimando con este muchacho maravilloso, lleno de vida y planes de vida.
Descubrí a Jesús acercándote más al “carácter de Cristo”
Ruth O. Herrera
