Rebeldía

Tú me dijiste: «Yo te voy a instruir; te voy a enseñar cómo debes portarte. Voy a darte buenos consejos y a cuidar siempre de ti. Los mulos y los caballos son tercos y no quieren aprender; para acercarse a ellos y poderlos controlar, hay que ponerles rienda y freno. ¡No seas tú como ellos!»

Salmo 32: 8-9 TLA
(Énfasis del autor)

Cuando era chiquito fui de vacaciones a un campo. Al lado de la casa donde estábamos, había un caballito. No tenía ni montura ni nada para montarlo; estaba con una soguita atado a un arbolito. Cuando nadie me vio, puse unos cajoncitos; despacito le saqué la soguita y salté arriba del animalito; inmediatamente salió corriendo. ¡Ay, cómo corría… y sin montura! Yo podía sentir claramente cómo mi cuerpo se iba ampollando por el roce y los golpes de cada paso; me agarré lo más fuerte posible de las crines. El caballo, que parecía ser más inteligente que yo, fue directo hacia un árbol que estaba en el medio del camino: era un tala con espinas, de una altura por la que solo pasaba el caballito…

¡Qué inteligente era ese caballo! Yo no tenía una rienda ni nada para poder sujetarlo, es más, ni siquiera podía sujetarme a mí mismo. Así que no tuve otra alternativa y, a un metro de impactar contra las espinas, me tiré. Terminé lastimado por todos lados. 

¡Cuántas veces Dios nos ve así, como a un caballito que tiene que ser sujetado!

Nos cuesta cambiar de opinión; nos rebelamos a reglas que creemos injustas y nos subimos a un caballito sin riendas, solo por salirnos con la nuestra. Como si aun siendo adultos no quisiéramos soltar la rebeldía adolescente.  

¿Te sentís identificado/a?

¿Cuántas veces le buscás la vuelta para salirte con tu propia idea?

¿Cuántas buenas oportunidades te perdiste por no dar el brazo a torcer?

Entonces, es tiempo de dejar de resistirte y ajustar tu voluntad a lo que Dios quiere.

Invertimos tiempo en dar una vuelta más para ver si la bolilla sale a nuestro favor. 

Dejar de considerar que “casi casi… ya lo hemos alcanzado”, que ya estamos de vuelta, que nuestras experiencias con el Espíritu nos avalan en todo lo que creemos que es verdad: esto es hacer otra milla. Pero otra milla hacia nosotros mismos y ser capaces de darnos tiempo para cambiar de opinión… 

Tenés que darte tiempo y exponerte al perdón de Dios, mirar primero tu propio ojo, dejarte ministrar para después poder ser realmente capaz de ayudar al otro.

No importa cuánto de amistad con Jesús ya viviste, ni cuánto le serviste, o creas haber madurado. David es un claro ejemplo de que todos necesitamos escuchar otra vez «Yo te voy a instruir; te voy a enseñar cómo debes portarte. Voy a darte buenos consejos y a cuidar siempre de ti». 

 

Pastores Ruth y Hugo Herrera