Reconocer

Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel    a quien el Señor no toma en cuenta su maldad    y en cuyo espíritu no hay engaño.  Mientras guardé silencio,  mis huesos se fueron consumiendo   por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando  como al calor del verano, porque día y noche   tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado,    y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor»,   y tú perdonaste mi maldad y mi pecado.

Salmo 32: 1-5 CST
(Énfasis del autor)

David había pasado por una gran angustia, consecuencia de su pecado. El rey, el hombre que Dios eligió con maravillosos planes, había fallado. Se mantuvo callado por mucho tiempo, sin confesarlo, y luego expresó: “Cuando yo callé, cuando encubrí, cuando fui para adentro, no dije nada, no pude expresar nada envejecieron mis huesos”.

Su error fue tan grave como su silencio y desgracia. 

Si como le pasó a David, hay algo escondido que no podés ni pronunciar, un recuerdo o remordimiento que te molesta, será muy bueno que dejes que el Señor hoy te hable. Este salmo te puede inspirar a vencer tu silencio. Si le permitís al Espíritu Santo “explorar” y rastrear dentro de tu mente y corazón, puede nacer un nuevo tiempo en tu vida. 

A veces callamos por un largo período, también con el Señor. Es verdad que Él ve nuestro corazón y sabe nuestros pensamientos, pero el confesar y hacer audible nuestra carga tiene un poder liberador… aun estando “a solas con Dios en el lugar secreto”.

Jesús vino a darte una vida plena, sanando tu pasado y perdonando tus errores y pecados, hasta eso que vivimos como “innombrable”.

Él quiere habitar en tu presente, sanar el pasado y alinearte al futuro. Un tiempo que no tiene que ver con el ayer, y sí en cómo Dios te encuentra hoy. 

No pretendas sanar tu interior escondiendo tu crisis. Cuanto más pretendas ocultarla de otros y de Dios, más seguirá viva dentro tuyo, en lo profundo. Hoy es un gran día para confesarte ante el Señor y rendirte, dejarte vencer por su perdón y recibir restauración.

Hoy podés comenzar a rejuvenecer y reencontrarte con la promesa de paz que Jesús nos dejó:

 La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Juan 14: 27 RV

 

Ruth O. Herrera