Ellos me dijeron: «Los judíos que sobrevivieron al cautiverio están en graves dificultades. Las murallas de Jerusalén continúan derribadas y sus puertas consumidas por el fuego».
Cuando escuché esto me senté a llorar, lleno de dolor. Me sentí muy triste, durante varios días ayuné y oré al Dios del cielo, y le dije: «SEÑOR, Dios del cielo, grande y maravilloso, tú eres fiel a tu promesa de amar a los que te aman y obedecen tus mandamientos.
Nehemías 1: 3-5 PDT
Este año compartimos el estudio del libro de Nehemías y descubrimos el carácter de un hombre capaz de cambiarlo todo por ayudar a otros y cumplir el propósito de Dios. Él se reconstruyó a sí mismo para poder hacer cambios radicales en su pueblo.
Fue valiente al renunciar a su comodidad y llegar a vivir entre ruinas y destrucción por amor a Dios y a los suyos.
El proceder de Nehemías nos demuestra que si queremos reconstruir relaciones con quienes nos rodean debemos empezar por cambiar nuestra mirada y “reconstruirnos nosotros primero”
Para este copero de alta alcurnia fue imprescindible creer que aquellos para quienes trabajaría y serviría eran importantes para Dios. No eran personas cualesquiera, no eran relaciones pasajeras. Nehemías reconoció el gran valor que su pueblo tenía y actuó a su favor.
Si hay relaciones en tu vida o tu familia que deben ser reconstruidas o afianzadas es necesario que sean importantes para vos, necesarias… prioritarias.
En la familia, cada integrante debe ser complementario de los otros, facilitador de las posibilidades y potenciador del desarrollo de los demás. Por eso hoy Dios te llama a ser conciliador, moderador en los conflictos que siempre existen en el entorno familiar.
El Espíritu Santo te capacita para ser quien contiene y sostiene, sea cual sea tu rol familiar. Ser quien fomente una familia equilibrada y propicie un ambiente de armonía. Esto es posible si de alguna manera provocás que Cristo sea el centro del círculo familiar. Y es en esta experiencia de unidad que se cumple Su promesa: “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Todo esto es imposible si el Espíritu Santo no tiene espacio en la mesa familiar.
Nosotros, según dice la Biblia, somos de la familia de Abraham, pero no se refiere al Israel histórico, sino al Israel espiritual. Por eso dice Pablo que no importa si sos judío o griego, hombre o mujer, y en esta misma perspectiva a mí me gusta pensar en la familia.
Hoy hay muchos tipos de familia, ya no podemos hablar del modelo de familia como hablaban tus bisabuelos, o tus padres, pero hay algo que no cambió y nunca cambiará: el plan de Dios de unidad, armonía y paciencia. Podés ser esposo o esposa, ser hijo, hermano… sea cual sea tu lugar en tu familia estás llamado a ser restaurador y reconstructor en tiempos difíciles.
Buscá a alguien cercano que sea tu cómplice… alguien que interceda por vos en esta premisa que en general no es fácil.
Y no te olvides de que Papá tiene muy buenas ideas para darte.
Ruth O. Herrera

- Oremos juntos: “Gracias, Señor, porque eres nuestra Roca que nos da seguridad. Sabemos que en ti podemos edificar con fiados nuestra familia, con la certeza de que ninguna tormenta nos hará daño.
- Clama al Señor para que nos ayude a reparar las grietas que se hayan producido en estos tiempos difíciles y nos dé su sabiduría para reconstruir sobre la Roca verdadera y su palabra.
- Pongámonos en la brecha para que Dios nos use para ser de bendición a otras familias que hayan sido dañadas y así también ellas puedan ser restauradas.
