En ese momento el hombre quedó sano, alzó su camilla y comenzó a caminar. Esto sucedió un sábado, que es el día de descanso obligatorio para los judíos. Por eso, unos jefes de los judíos le dijeron al hombre que había sido sanado: —Hoy es sábado, y está prohibido que andes cargando tu camilla. Pero él les contestó: —El que me sanó me dijo: “Levántate, alza tu camilla y camina.” Ellos preguntaron: —¿Y quién te dijo que te levantaras y caminaras? Pero el hombre no sabía quién lo había sanado, porque Jesús había desaparecido entre toda la gente que estaba allí. Más tarde, Jesús encontró a ese hombre en el templo, y le dijo: «Ahora que estás sano, no vuelvas a pecar, porque te puede pasar algo peor.»
Juan 5: 9-14 TLA
(Énfasis del autor)
Deseamos cambios, pero no siempre nos hacemos responsables de nuestros deseos.
Jesús se acerca a este hombre, que claramente no puede caminar, y le hace una de las preguntas más extrañas y profundas de toda la Biblia: «¿Quieres ser sano?»
Parece una pregunta absurda, ¿verdad? ¡Por supuesto que quiere ser sano! Lleva casi cuatro décadas allí. Pero Jesús nunca hace preguntas al azar.
Creo que la pregunta completa sería: “¿Estás dispuesto a vivir las consecuencias de caminar?” Si este hombre era sanado, toda su vida sería sustancialmente diferente. No más limosnas, no dormir la mayoría del día. Tendría que buscar trabajo. Asumir responsabilidades. No más quejarse y ser una víctima con título.
Me llama la atención la respuesta del hombre a la pregunta de Jesús: «Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.»
No responde «¡Sí!». En su lugar, da excusas y expresa su victimización. Culpa a su falta de amigos y a la rapidez de los demás. Estaba tan enfocado en su desgracia que su respuesta fue “una queja”.
No identificó que en la preguntar «¿Quieres ser sano?», la prioridad de Jesús era despertar su responsabilidad.
Pero no termina esto en el primer encuentro. El que ya no era paralítico se encuentra con las autoridades y tampoco se hace cargo de sus actos… “El que me sanó me dijo que cargue mi camilla”. Yo ahora camino, pero no es mi responsabilidad. Y tampoco conozco al responsable… “Yo no fui”. Así que Jesús lo vuelve a encontrar y, palabra más palabra menos le dijo: “Ahora es tú responsabilidad… ya no peques, hacete cargo”.
No hay una explicación acerca de que su parálisis fuera fruto del pecado, aunque esa era la creencia en general. Pero Jesús quiso que respondiera por sus actos, tomara responsabilidad por su sanidad.
A veces, cuando convivimos con un problema durante mucho tiempo, ese problema se convierte en nuestra identidad. El dolor se vuelve familiar, y lo familiar, aunque duela, a veces se siente más seguro que lo desconocido.
Jesús nos pregunta hoy a nosotros: ¿Realmente querés cambiar? ¿De verdad querés ser libre de ese rencor que alimentas por años? ¿Vas a dejar ese pecado que te gusta temporalmente, pero te destruye lentamente? Jesús prioriza tu participación. Dios respeta nuestro libre albedrío. Él no fuerza nuestras decisiones, ni la liberación, ni el cambio de vida. Y si no estás dispuesto a cambiar, a soltar las excusas, no te obliga a nada.
Él definitivamente hace milagros que vos no podés hacer, pero te pide que seas parte haciéndote responsable de sostenerlo y vivirlos para bendecir a otros.
Ruth O. Herrera
