«Consideren bien sus caminos. Suban al monte, traigan madera y reconstruyan el templo. Así me agradaré de él y seré glorificado, dice el Señor.»
Hageo 1:7-8
Cuando el templo de Jerusalén fue destruido, el pueblo de Dios quedó devastado. Ese lugar no era solo un edificio; representaba la presencia de Dios en medio de ellos. Pero Dios no los dejó en la ruina. Él los llamó a reconstruirlo.
Nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo. ¿Qué hacemos cuando lo descuidamos? ¿Lo dejamos en ruinas o tomamos la decisión de restaurarlo?
Después de mi internación, entendí algo clave: si quería ver un cambio en mi vida, tenía que comenzar la acción. No bastaba con entender el problema o pedirle a Dios que lo resolviera por arte de magia. Yo tenía que hacer mi parte.
El profeta Hageo enfrentó a un pueblo que había dejado el templo en ruinas mientras se enfocaban en sus propias casas y proyectos.
Dios no solo les mostró el problema, sino que les dio un plan de acción. Lo mismo nos dice hoy: es hora de restaurar el templo.
Hasta ahora, El Señor, cada día nos llevó a reflexionar. Pero hoy quiero desafiarte a algo más.
Si descuidaste tu cuerpo, empezá a restaurarlo con pequeños cambios: mejor alimentación, movimiento, descanso.
Si descuidaste tu vida espiritual, retomá la oración, la lectura de la Palabra y la comunión con la iglesia.
Si descuidaste tu comunidad, acercate, pedí perdón si es necesario y volvé a involucrarte.
Hagamos un pacto con Dios.
Hoy, en oración, comprometete a restaurar el templo. No por estética, no por presión, sino porque entendemos que nuestro cuerpo y nuestra vida son herramientas para glorificar a Dios.
Este no es el final, sino el comienzo de un camino de restauración. ¿Estás listo para tomar la decisión?
Jonny Lewczuk
