Sal

»Ustedes son la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea.

 

  1. Mateo 5:13 DHH

 

No es novedad que actualmente los fundamentos de la sociedad occidental están siendo sacudidos. Todos los días podemos ver o escuchar noticias acerca de valores que se cuestionan y además se proponen otros para reemplazarlos. Con la excusa de la inclusión se está revisando literatura clásica, libros infantiles y hasta películas que según la ideología de turno contienen conceptos machistas o discriminatorios.

Hasta se ha propuesto reescribir obras como la Cenicienta, porque el príncipe la despierta con un beso, o las historias de James Bond. En algunos países esta propuesta llega hasta el hecho de censurar autores y obras.

La llamada deconstrucción está en auge y con ella, la intención clara de derribar  y denigrar los valores cristianos.

 

¿Qué pasó durante todo este tiempo? Tal vez que fuimos perdiendo el sabor.

 

La sal es un elemento que purifica, preserva, cura, da sabor y despierta sed. En épocas pasadas, la propuesta cristiana hizo énfasis en la propiedad de preservación. Se nos instruyó para que, con nuestra influencia, evitáramos que la sociedad se deteriorara. Y eso estuvo bien. De hecho los creyentes eran conocidos por ser honestos, confiables, buenos trabajadores y respetuosos. Había diferencia en la conducta entre los que profesaban la fe en Cristo y los que no lo hacían.

Sin embargo con el tiempo empezamos a ser más conocidos por lo que no hacíamos que por nuestras convicciones. La gente nos identificaba con una larga lista de lo que no podíamos hacer…

 

Hoy nos ven como rígidos, fanáticos y discriminadores… en el mejor de los casos. Hay excepciones, pero la gente tiene una idea formada acerca de la iglesia y en general no es agradable. No hemos logrado despertar la sed.

Este breve análisis parece bastante pesimista, pero en realidad conocer la realidad actual nos da la posibilidad de examinarnos y poder cambiar. ¡Tenemos una gran oportunidad de dar sabor! Estamos a tiempo de renovar los odres y estar abiertos al viento del Espíritu que sopla de dónde quiere.

Hace un tiempo una joven cineasta cristiana hizo un pequeño documental. Filmó cultos de  cuatro o cinco denominaciones diferentes y subió el video a las redes sociales, lo exhibió en algunas congregaciones y también lo compartió con algunas personas que no comparten nuestra fe. Fue curioso que las reacciones de la gente que lo vio fueron muy positivas. A muchos les llamó la atención el hecho de que los hombres se abrazaran o lloraran en una reunión. Lo tomaron como ejemplo de masculinidad deconstruida.  También la libertad que tenían los jóvenes de, por ejemplo, sentarse en el suelo, tomar mate y compartir en pequeños grupos sus ideas sobre un tema en particular.

Nosotros estamos acostumbrados que los cultos sean alegres y a vivirlos en libertad, pero para los que nunca pisaron una iglesia evangélica lo que los creyentes damos por sentado a ellos les asombra ¡y para bien!

El Señor nos está invitando a un tiempo nuevo. Nuestras convicciones son las mismas, pero tenemos que seguir descubriendo cómo adaptar las formas para poder llegar a los que nos rodean con las buenas noticias. El deseo de Jesús es cambiar vidas. Él tiene poder para hacerlo. Nosotros podemos ser aquellos que dan sabor y despiertan la sed.

 

Mónica Lemos