Sed de Dios

Como ciervo sediento en busca de un río, así, Dios mío, te busco a ti. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida. ¿Cuándo volveré a presentarme ante Dios?Día y noche, mis lágrimas son mi alimento, mientras a todas horas me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?» Cuando pienso en estas cosas, doy rienda suelta a mi dolor. Recuerdo cuando yo iba con la gente, conduciéndola al templo de Dios entre gritos de alegría y gratitud ¡Qué gran fiesta entonces!

Salmo 42: 1-4 (DHH)

Los hijos de Coré eran una familia de músicos y servían en el templo. A ellos se atribuye este salmo, aparentemente el que escribe estaba lejos de su tierra y en una situación muy difícil. Era un líder. Estaba tan angustiado que no podía dejar de llorar. Pensaba en todo lo que le estaba pasando y se sentía seco, necesitaba un encuentro con Dios, lo buscaba intensamente, como un animal sediento necesita encontrar no un poquito de agua, sino un río para zambullirse de cabeza y poder tomar toda el agua que quiera… La comparación expresa claramente su estado de soledad y angustia, encima tenía que soportar que otros le preguntaran con mala intención ¿Dónde está tu Dios? El sufrimiento, la necesidad y las dudas ocupaban sus días y noches.

Este es un salmo fuerte ¡No cualquiera en posición de liderazgo se atreve a expresar que las lágrimas son su alimento de todos los días! Cuando lo leemos a la distancia, apreciamos su profundidad poética, pero en realidad es otra manera de decir “la estoy pasando muy mal aunque mi fe sea sincera, haya sido un servidor fiel y guiado a otros a alabar y agradecer al Señor con alegría”. Ahí estaba, haciéndose preguntas ¿Cuándo volverán aquellos buenos tiempos?

¿Qué pensás? ¿Por qué estaría en crisis? ¿Acaso habría perdido la fe?

¿Alguna vez te sucedió que los que te rodean y no creen en nada si te ven mal te den el golpe de gracia cuestionando la bondad del Dios en quién creés? Para colmo de males, hasta puede ser que ellos estén pasando buenos tiempos. Vos tenés escasez y ellos tienen provisión abundante y dicen: ¿Cómo, no era que Dios te prosperaba? …

Hace años un poeta llamado Enrique Santos Discépolo escribió un tango llamado “Tormenta”. Las experiencias son similares, aunque Discépolo escribe desde el escepticismo y el salmista lo hace desde la fe. La descripción de la angustia y de la crisis es muy precisa. Transcribo un fragmento:

 “Aullando entre relámpagos,

perdido en la tormenta de mi noche interminable

Dios busco tu nombre.

No quiero que tu rayo me enceguezca entre el horror

porque pre ciso luz para seguir…”

¿Por qué te traigo a un tanguero y lo relaciono con un escritor bíblico? Porque todos en algún momento de la vida podemos atravesar tormentas y preguntarnos ¿dónde estás? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Cómo salgo de esta situación?

No es malo hacerse preguntas, solo hay que animarse a esperar las respuestas ejerciendo fe, la que tengamos, la que nos haya quedado, esa que nos permite cuestionar, preguntar y aun reclamar.

Se puede cuestionar desde la incredulidad, pero también se puede hacerlo desde la fe. Dios conoce tu corazón y sabe perfectamente cuál es la diferencia.

Tal vez estos dos años hayan sido tormentosos para vos, aunque ocupes una posición de liderazgo. No sumes más carga en tu interior pretendiendo disimular que no es así. No empujes tu angustia hacia un rincón tan profundo que ya no tengas acceso a ella, porque va a anestesiarte no solo frente al dolor, sino también frente a la obra de Dios.

Las emociones te movilizan, por eso lo mejor que te puede suceder es que sea el Señor el que las mueva, porque Él sabe cómo encauzarlas para bien. Depositá tu carga en Él, si estás mal, contáselo, derramá tu corazón en Su presencia. Si te ayuda compartirlo con otra persona…elegí bien con quién. 

Mónica Lemos