Seguidor visible

Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.

Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Juan 3: 1- 6 RV1960

Los dos últimos días visitamos el estanque de Betesda y vimos a un hombre marginado, pobre y físicamente paralizado que necesitaba que Jesús despertara su voluntad. Hoy, el escenario cambia drásticamente. De un mendigo a un hombre reconocido y con poder religioso. De un desconocido al conocido Nicodemo, rico, educado y respetado.

 Pero igual que el hombre del estanque, Nicodemo estaba atascado. Su parálisis no era física, sino espiritual. También confrontado a tomar decisiones y cambiar su forma de vivir.

Era un buen ejemplo, un hombre de prestigio y religiosamente correcto, reconocido por el pueblo y respetado, pero para él no era suficiente. Este hombre había vivido bajo la ley y en apariencia eso era perfecto. Pero seguramente en su cabeza resonaba lo mismo que a muchos de nosotros alguna vez nos aceleró el corazón…: “algo me falta”.

Nicodemo se acercó a Jesús e inmediatamente lo reconoció como un profeta o enviado de Dios, pero el Maestro conocía su verdadera necesidad, y sabía que todo lo que había vivido hasta ese momento era mucho menos que lo que Dios le tenía preparado.

Nicodemo estaba dispuesto a darle a Jesús el título de «gran maestro», a reconocer que Dios lo respaldaba. Para un fariseo, decir esto era un paso gigante. Pero ante la propuesta de Jesús no pudo animarse a vivir ese gran ofrecimiento.

Para Nicodemo Jesús era “su Dios oculto”

El encuentro entre Jesús y Nicodemo nos confronta con una de las verdades más desafiantes del Evangelio: la responsabilidad personal e ineludible que exige seguir a Cristo. No se trata de religión, se trata de una transformación radical.

Muchas veces somos como Nicodemo. Queremos los beneficios de Jesús, queremos su paz, sus consejos y sus bendiciones, pero lo buscamos «de noche». Somos cristianos en la privacidad de nuestra habitación, o el domingo en la iglesia, pero cuando llega el lunes en nuestro ámbito cotidiano o nuestro círculo social, no somos lo suficientemente claros.

Seguir a Jesús requiere la valentía de asumir nuestra fe públicamente. Cristo no nos llamó a ser admiradores secretos; nos llamó a ser testigos, luz en medio de las tinieblas. La responsabilidad del discípulo comienza cuando decide que la aprobación de Dios vale muchísimo más que el aplauso de los hombres.

Hoy vos y yo tenemos que decirles a otros: “Jesús es mi Señor”

 

Ruth O. Herrera