“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás… Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:24 -29 RVC
¿Conocés bien la historia? Se trata de un discípulo completamente decepcionado y frustrado; un hombre que al morir su líder quedó sin fe ni esperanza. Quizás creyó haber perdido el tiempo y malgastado tres años de su vida siguiendo a un maestro que ya no estaba, casi un desengañado.
¿Qué más se puede decir de Tomás que no se haya dicho o escrito? ¿Por qué seguía junto a los discípulos? Pareciera que se sentía defraudado por su maestro. Imagino la vorágine de pensamientos en esos días sin saber qué seguía: “Tres años exponiéndose sin necesidad”, “La esperanza está en peligro” …
La crucifixión de Jesús fue un evento devastador para todos sus discípulos. Para Tomás, quien había dejado todo para seguir a Jesús, su muerte representaba no solo la pérdida de un maestro y amigo, sino también la aparente derrota de sus esperanzas y sueños de un Mesías liberador. Se sentía triste y se alejó de sus amigos, sin el futuro por el que había trabajado por mucho tiempo.
He aquí un frustrado…
No quiero reflexionar acerca de la fe, sino más bien, de la humanidad y la desdicha de Tomás. Este es el discípulo que bien puede representarnos más de una vez por la inseguridad que terminaba en decepción, así que sinceramente se declaró incrédulo. Si su historia hubiera acabado así, nadie lo recordaría, pero se dio una oportunidad más a sí mismo y volvió al aposento alto casi “…por las dudas”.
La experiencia de Tomás nos enseña que las dudas y las frustraciones son partes naturales del camino de la fe. Jesús no rechazó a Tomás por sus dudas; en cambio, le ofreció una evidencia tangible de su resurrección. La confesión de Tomás, «¡Señor mío y Dios mío!», se convierte en un testimonio poderoso que resuena a través de los siglos, recordándonos que la fe puede surgir incluso de las mayores frustraciones.
Reconozco que en más de una vez me he sentido frustrada, pero pensar en la historia de Tomás me muestra que es posible pasar de la duda a una fe robusta y explícita.
Y vos, ¿alguna vez te sentiste como Tomás? ¿Descubriste qué te llevó a la frustración? Si todavía estás batallando volvé sobre tus pasos y leé esta simple frase del pasaje que nos ocupa: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás… ¡y llegó Jesús!”
Al abordar la frustración de Tomás después de la muerte de Jesús, también podemos ofrecer esperanza y aliento a quien se enfrenta con sus propias dudas y frustración. Ayudar a otros a recordar que Jesús siempre está dispuesto a encontrarse con nosotros en nuestras dudas y transformarlas en fe.
Frustración no significa que sufriste un fracaso… Significa que: ESTUVISTE DISPUESTO A PROBAR.
Fracaso no significa que Dios te haya abandonado… Significa que: ÉL TIENE UNA IDEA
MEJOR.
Ruth O. Herrera
