Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata[c] y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”.
Lucas 10: 33-35 NTV
La amabilidad del samaritano no solo salva la vida del hombre herido, sino que también nos enseña que debemos mostrar compasión y cuidado, incluso hacia aquellos que no conocemos o con quienes no compartimos afinidades. La amabilidad es uno de los frutos del Espíritu Santo y estamos llamados a reflejar estos frutos en nuestras vidas.
«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.»
Gálatas 5:22-23 RV1960
Como discípulos de Jesús, la amabilidad no es solo una acción aislada, sino una característica constante que debe ser evidente en nuestras relaciones y en la manera en que tratamos a los demás. Ser amables trae muchas satisfacciones, abre puertas, acorta relaciones, nos bendice y obviamente bendice a otros.
Gentileza, simpatía, bondad son sinónimos y la persona que las manifiesta es afable y fácil de tratar, pero seguramente sabés o enfrentaste a personas que a veces son complicadas de relacionarse.
Desde hace algunos años suelo comprar en una granja cerca de mi casa, en la caja y según el turno, atienden dos hermanas gemelas. Una es muy amable y la otra no tanto. Rara vez distingo quien es una y la otra. Hace algunos días, al acercarme a pagar, una de ellas me trató con bastante hostilidad y me reprochó no haberla saludado. Le pedí disculpas si mi actitud le había molestado, pero no recibí una respuesta amable. Con una de las hermanas siempre puedo relacionarme muy bien, pero el no distinguirlas me trajo problemas. Ese contraste me hizo pensar en la importancia de una actitud amable.
Nuestra amabilidad no siempre es bien recibida, pero estoy segura de que tenemos que insistir en ello. Me propuse ser “siempre amable” como una norma de vida y me doy cuenta de que si me descuido o estoy preocupada mi decisión queda desdibujada. La amabilidad implica perdón, comprensión y un esfuerzo constante por edificar y apoyar a los demás al manifestarse en acciones cotidianas, simples pero significativas.
Seguramente sos alguien amable y cordial, pero aun así pedile a Dios que te ayude a ser más amable y amistoso para que todos quienes te rodean habitual o casualmente sean impactados. Tu actitud amable puede cambiarle el día a más de una persona…
Ruth O. Herrera
