»Cuando finalmente entró en razón, se dijo a sí mismo: “En casa, hasta los jornaleros tienen comida de sobra, ¡y aquí estoy yo, muriéndome de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de que me llamen tu hijo. Te ruego que me contrates como jornalero’”.
»Entonces regresó a la casa de su padre, y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio llegar. Lleno de amor y de compasión, corrió hacia su hijo, lo abrazó y lo besó. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de que me llamen tu hijo”.
Lucas 15: 17 -21 NTV
Esta semana hablando con alguien triste y que siente que perdió tiempo de su vida por no entender el plan de Papá, recordé esta historia que Jesús contó como parábola, pero es como la biografía de muchos hijos de Dios.
Pude sentir profundamente su frustración, el sentido de pérdida, la angustia de querer volver. Por eso el recordarle al pródigo y su Padre me volvió a conmover y a confrontar con la necesidad de buscar y acercarme a los hijos que se alejaron.
El tiempo que convivimos con Papá y disfrutamos de Él nos ayuda a saber el porqué y el cómo de nuestra vida, nos da proyecto y dirección, nos da fortaleza y sentido de misión… Todo lo que el hijo pródigo perdió, que era más importante que la herencia mal gastada. Todo es recuperable porque la misericordia de Dios es mucho más abundante y fuerte que la distancia.
No sé si te sentís como perdido, perdida, como si no avanzaras, pero puedo afirmarte que quien alguna vez conoció el amor del Padre tiene todas las armas para volver a Él.
El Espíritu Santo conoce el camino que Jesús diseñó hasta el Padre y te espera.
Si te sentís como extraviado/a, hacé memoria. No hay manera de olvidar su abrazo y misericordia.
Todos somos hijos capaces de alejarnos y olvidarnos de su llamado, pero dentro de nuestro corazón, en lo profundo, la marca y el impacto de la salvación quedan para siempre.
Podemos huir de nuestro llamado, renegar de sus palabras y hasta servir a otros dioses, pero siempre… siempre en la puerta estará esperándonos.
Si estás dudando, si te cuesta mantenerte cerca y hacer su voluntad, volvé a leer este relato completo una y otra vez, porque el Espíritu quiere manifestar en vos el abrazo tierno de Papá.
Ruth O. Herrera
