Siempre te espera

Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre…

Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

Lucas 15: 17-18a, 20b RV1960
(Énfasis del autor)

Tengo que reconocer que en lo personal muchas veces me siento mucho más identificada con el hijo que con el padre: incapaz, desorientada y sin mucha esperanza de que las cosas cambien. La realidad parece atarme al corral, al olor de la comida rancia y la falta de fe. Las realidades que no cambian me obstruyen el camino hacia la casa. Muchas veces tuve que, como dice la parábola, “volver en sí”.

Pensá por un momento en el hijo pródigo, el muchacho que decidió abandonar la casa porque imaginaba que había cosas mejores por vivir. La rutina, el trabajo diario, la obligación permanente, los sueños que no se cumplen… todos alguna vez quisimos irnos, escaparnos, aunque sea en nuestra imaginación. ¿Qué estaba buscando? ¿Qué le faltaba? ¿Qué lo llevó a alejarse de su padre? Seguramente no fue por falta de comprensión o amor. Pero algo no fue suficiente para él. Se fue y tomó sus propias decisiones… y se me ocurre que fueron las contrarias a las que el padre le hubiera aconsejado.

Los seres humanos, en general, sentimos una cierta atracción a lo prohibido, el riesgo innecesario, el vértigo solo por sentirnos libres. A veces con buenos resultados y otras veces…

Conozco muchos hijos e hijas que se fueron porque la vida que Dios les propuso no les fue suficiente. Gente buena, de trabajo, honrada… pero algo les faltó. Con el tiempo algunos volvieron y otros no. Es que se puede vivir lejos de casa y construir nuevos espacios. Hay una felicidad real, una vida buena y agradable que muchos logran y oculta la experiencia de la plenitud que solo se vive en la casa del padre.  

¿Qué hubiera pasado si el hijo pródigo no hubiera regresado a casa? Estoy segura de que la respuesta está en los evangelios…

Dios amó tanto a la gente de este mundo, que me entregó a mí, que soy su único Hijo, para que todo el que crea en mí no muera, sino que tenga vida eterna.

Juan 3: 16 TLA
(Énfasis del autor)

Por cada hijo que no vuelve Papá sigue esperando en la puerta

Yo estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo.

Apocalipsis 3: 20 TLA

Siempre está a la puerta… espera al que vuelve o llama a la puerta del que no regresa. A pesar de la posible falta de regreso del hijo, el padre nunca habría perdido la esperanza de que vuelva, siempre hubiera esperado. Seguiría mirando hacia el horizonte, aguardando el día en que su hijo regresara a casa. Si la parábola hubiera terminado así…  para mí habría sido suficiente. El amor de Papá siempre nos espera.

 

Ruth O. Herrera