Todo el pueblo se reunió a la entrada de la casa de Simón. Allí Jesús sanó a mucha gente que tenía diferentes enfermedades, y también expulsó a muchos demonios. Pero no dejaba hablar a esos demonios, porque ellos lo conocían. En la madrugada, Jesús se levantó y fue a un lugar solitario para orar.
Marcos 1: 33-35 TLA
(Énfasis del autor)
Jesús buscaba el silencio temprano en la mañana. Después de un día agotador sanando a muchos necesitaba descansar. Pero no solo descansar, necesitaba la soledad y el silencio. Esa era la manera de tener comunión con el Padre. Necesitaba apartarse del tumulto, el griterío, la agitación y las demandas. Buscaba encontrar un espacio tranquilo para orar.
Al pensar en los días de intenso ministerio de Jesús busqué información acerca de la necesidad de estar alejado y en silencio y entendí mejor su necesidad y búsqueda.
El silencio no solo es ausencia de ruido, es necesario para nuestro bienestar. Varios estudios han demostrado que la exposición al silencio durante dos horas al día estimula la creación de nuevas neuronas en el hipocampo, una parte del cerebro que trabaja en la memoria, las emociones y el aprendizaje. Dos minutos de silencio bastan para disminuir la presión arterial y el ritmo cardíaco. El silencio tiene igual peso y efecto sobre el cerebro que el sonido.
Son varios los relatos en los evangelios que muestran a Jesús apartándose a solas. La relación entre el silencio y Jesús nos revela aspectos importantes de Su carácter y Su ministerio. El silencio en la vida de Jesús nos enseña la necesidad de estar a solas con nosotros mismos y con Dios. Saber valorar el tiempo de la calma.
Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades. Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Lucas 5: 15-16 RV1960
Jesús elegía estar solo para tener intimidad con Dios sin interrupciones. En su soledad encontraba dirección y fortaleza. En el silencio de las multitudes dialogaba con su Padre.
El silencio es una respuesta adecuada a la presencia de Dios. En Su presencia, el ruido y las palabras innecesarias no tienen lugar. El silencio nos ayuda a reconocer Su santidad y majestad.
Al reflexionar sobre esto me sentí confrontada porque no soy una persona que se provoque al silencio con naturalidad. Por eso hoy me animo y te animo a buscar el silencio intencional que nos ayuda a pensar, concentrarnos mejor, escuchar con atención y entender.
Qué bueno será incorporar el silencio a nuestra vida. Silencios que provoquen paz, eviten discusiones, y nos ayuden realmente a escuchar al otro.
Ruth O. Herrera
