1Cuando Jesús bajó del monte, mucha gente lo siguió. (…) 5 Al entrar Jesús en Cafarnaúm, un capitán romano se le acercó para hacerle un ruego. 6 Le dijo: —Señor, mi criado está en casa enfermo, paralizado y sufriendo terribles dolores. (…) 14 Jesús fue a casa de Pedro, donde encontró a la suegra de éste en cama y con fiebre. 15 Jesús tocó entonces la mano de ella, y la fiebre se le quitó, así que ella se levantó y comenzó a atenderlo.
Mateo 8: 1,5-6, 14-15 DHH
(Énfasis del autor)
Eran días muy agitados. Jesús termina el sermón del Monte, después de varias horas de enseñanza y sin tiempo para descansar un capitán romano le pide que sane a su criado. No llegó hasta su casa por la fe de aquel hombre, pero la escritura dice que entró a casa de Pedro, seguramente cansado, necesitando una silla. Pero también ahí había una necesidad urgente.
La suegra de su discípulo tenía fiebre, estaba en cama y seguramente su familia estaba ansiosa por la llegada del Maestro. El evangelio de Lucas menciona que “le rogaron” que la sane.
Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba enferma, con mucha fiebre, y rogaron por ella a Jesús.
Lucas 4: 38 DHH
Muchas veces me pasa que al llegar a mi casa desde la iglesia o un encuentro, si compartí la Palabra o ministré de alguna forma, me invade un cansancio muy especial. No es como cuando trabajo en casa limpiando. Es un agotamiento no solo físico. Así que al leer pasajes como este en el que Jesús pasaba horas sanando, no puedo dejar de pensar en su tremendo cansancio.
Esta escena es muy clara, llega, seguramente para comer y descansar, pero encuentra a alguien más, quizás varios en la familia que lo esperan angustiados.
“Jesús… no te sientes todavía. Necesitamos tu ayuda, tu auxilio… no descanses”.
¡Cuántas veces hubiera deseado que mi Señor entre a mi casa a sanar a mi papá o alguno de mis hijos! Días, horas, semanas en que no le hubiera ofrecido ni un vaso de agua antes que hiciera un milagro.
“… y la fiebre se le quitó, así que ella se levantó y comenzó a atenderlo”.
Creo que de este breve relato en la casa de Pedro, se destaca que la sanidad de aquella mujer se transformó en gratitud y la gratitud en servicio. Lo asistió, seguramente le ofreció agua para lavar sus pies, comida en la mesa, una bebida fresca y, sobre todo, hacer que en ese momento se sintiera bienvenido… como en casa.
Un leproso, el criado del capitán, la suegra de Pedro… pero su día no terminó con aquella comida. Jesús siguió haciendo milagros y destacando misericordia después de haber sido agasajado, mimado y reconocido.
Hoy te propongo no pedirle nada, solo agradecer y servir al Maestro, no porque esté cansado, solo por amor, invitalo a la intimidad de tu mesa.
Ruth O. Herrera
