Sin expectativa

Ana dejó de comer, se levantó y se fue a orar al santuario. El sacerdote Elí estaba allí, sentado junto a la puerta. Ana estaba tan triste que no dejaba de llorar. Por eso oró a Dios y le hizo esta promesa: «Dios todopoderoso, yo soy tu humilde servidora. Mira lo triste que estoy. Date cuenta de lo mucho que sufro; no te olvides de mí. Si me das un hijo, yo te lo entregaré para que te sirva sólo a ti todos los días de su vida. Como prueba de que te pertenece, nunca se cortará el cabello».

Ana oraba a Dios en silencio. Elí la veía mover los labios, pero como no escuchaba lo que decía, pensó que estaba borracha.  Por eso le dijo: — ¿No te da vergüenza estar borracha? ¡Deja ya la borrachera!

Pero Ana le respondió: —Señor mío, no crea usted que estoy borracha. No he bebido vino ni cerveza. Estoy muy triste, y por eso estoy aquí suplicándole a Dios que me responda.

Entonces Elí le contestó: —Vete tranquila, y que el Dios de Israel te conceda lo que has pedido.

Y Ana le dijo: — ¡Usted sí me comprende! Dicho esto, Ana regresó a comer y dejó de estar triste.

1ª Samuel 1: 9-18

Ana no tenía expectativa, había perdido la esperanza…  como una niña derramaba su alma delante del Señor, oraba y clamaba como una niña abandonada por su Dios, tanto que llamó la atención del sacerdote que pensó que estaba borracha. Pero cuando ella pudo poner en palabras su angustia y decir lo que realmente la atormentaba desde la profundidad de su dolor y resentimiento, entonces Elí la bendijo y ella volvió a su casa y cuando llegó “la depresión la abandonó” y comió y ya no estuvo más triste.

A veces pasamos por la prueba, por ese valle de sombra que, aunque no sea de muerte, es un valle oscuro. Sentimos que no hay salida y ninguna receta funciona, entonces no queda otra que clamar y mirar al cielo y derramar desde lo profundo nuestro dolor porque tenemos un Dios que tarde o temprano responderá. 

Lo que quiero decir es que “primero Ana se derramó en oración y mostró su dolor y su angustia” y “solo después de concebir la fe y la esperanza quedó embarazada y dio a luz a Samuel”

Muchas veces había visitado el santuario, pero nunca había dejado atrás su propio menosprecio, el hacerse cargo de la humillación y las burlas porque solo centraba su vida en aquello que no tenía como el único motivo de vida plena.

Cuando Elcaná ofrecía sacrificios, le daba una parte de los alimentos a su esposa Penina y a cada uno de sus hijos, pero siempre le daba la misma cantidad a Ana porque era la esposa que él amaba, aunque el SEÑOR no le había dado hijos a Ana.

Elcaná, su esposo, le dijo: «Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no quieres comer? ¿Por qué estás triste? Me tienes a mí, yo soy tu esposo. Deberías pensar que yo soy mejor que diez hijos».

1° Samuel 1: 4-5, 8 PDT

A mí me pasó, y seguramente a vos también, el vivir más por lo que nos angustia que por lo que da alas para volar sobre la frustración y la angustia.

Es verdad que ella no había tenido hijos, pero también es real que Ana le daba lugar a todo lo que se lo recordaba sin darse la oportunidad de sentirse verdaderamente valiosa y amada por Elcana, su esposo.

Es más importante la oración desde el corazón que la técnica o forma de expresarla. Dios no le respondió a la forma de orar de Ana sino a su absoluta entrega y pedido de auxilio.

Necesitamos ir a Dios sin ningún tipo de negociación, como estamos, con la verdad, derramando expresivamente el dolor y la angustia, o en la introspección e intimidad.

Los procesos de Dios no son como a veces los pensamos, no es que tuvo un hijo y por verlo su depresión se fue, sino que en la experiencia de intimidad con Dios, en ese camino, en el clamor, en la lucha de todos los días, en vivir un día a la vez, en la constancia de pedir auxilio, Dios fue trabajando en ella para que fuera la madre de uno de los hombres más importantes del pueblo de Dios.

Dios, desde tu dolor y desde la profundidad de tu angustia, puede hacer cosas maravillosas. Aunque te sientas atrapada, encerrada en tus circunstancias, como sin respuesta, la luz de Dios abrirá los cielos y tocará tu vida, pero no hay otro camino que la intimidad con Él. Lo que Dios quiere decirte hoy es que Él restauró a Ana antes del nacimiento de Samuel…  cuando ella creyó.

Ruth O. Herrera