Soledad

Llegó a su pueblo y comenzó a enseñar en la sinagoga. La gente estaba tan sorprendida que algunos decían: «¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿Cómo puede hacer esos milagros?»

Otros decían «Pero, ¡si es Jesús, el hijo de José, el carpintero! Su madre es María, y sus hermanos son Santiago, José, Simón y Judas. Sus hermanas aún viven aquí. ¿Cómo es que Jesús sabe tanto y puede hacer estos milagros?» Pero ninguno de los que estaban allí quiso aceptar las enseñanzas de Jesús. Entonces él dijo: «A un profeta se le respeta en todas partes, menos en su propio pueblo y en su propia familia.» Y como la gente no creía en él, Jesús no hizo muchos milagros en aquel lugar.

Mateo 13: 54-58 TLA

La historia revela que los grandes hombres de todos los tiempos siempre han sido, hasta cierto punto, hombres solitarios. Realizaron sus memorables obras y pensaron sus excepcionales ideas dentro de estilos de vida que muy pocos entendieron. Esta característica la tuvo nuestro Salvador, a quien el profeta Isaías describió en la profecía como un hombre que fue «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro». Los evangelios de Mateo y Marcos, hacen la misma referencia acerca de lo difícil que fue para Jesús desarrollar su ministerio.

Marcos 6: 3 cuenta que Jesús llegó a su pueblo natal en Nazaret y la gente que lo conocía y era oriunda del lugar decía ¿cómo un carpintero puede tener tales cualidades? Ellos creían que él era solo un artesano y de ninguna manera lo reconocían como Mesías.

Él mismo lo dijo: “nadie es profeta en su propia tierra”, y lo vivió en su ciudad, su familia y su pueblo.  Un joven que experimentaba en sí mismo la contradicción de ser 100 % humano y 100 % Dios. Tuvo que desarrollar su obra redentora y además tenía que luchar con la incredulidad de su entorno, y esto lo llevaba a vivir muchos momentos en soledad.

Así, Jesús comenzó su ministerio por el camino del aislamiento y la incomprensión, porque, aunque lo rodeaban miles, su intimidad estaba caracterizada por su soledad. Y es que, por su manera natural y sencilla de vivir, quienes lo conocían luchaban con la fe y la duda.

Mucho se dijo y escribió acerca de su soledad y ministerio incomprendido. Pero nadie pudo negar que, a pesar de esas circunstancias aparentemente contradictorias, Jesús dio claras muestras de divinidad y que la fe o incredulidad de quienes lo rodeaban no afectaron para nada el plan perfecto de salvación. 

¡Qué maravilloso que en medio de su gran soledad e incomprensión, Jesús fuera entre los hombres la manifestación de la Gloria de Dios!  

Jesús, te adoro por ser Dios y dejar tu Gloria. No entiendo el misterio de tu amor, pero ¡cuánto disfruto tu obra por mí!

 

Ruth O. Herrera