Queridos hermanos, ya somos hijos de Dios. Y aunque no se ve todavía lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca seremos como él, porque lo veremos tal como es.
1 Juan 3:2 DHH
Al terminar está semana de devocionales te invitamos a reflexionar en quienes somos en Cristo cumpliendo Su plan y diseño en nosotros.
Al árbol le salieron patas
Al árbol le salieron patas.
Al principio fueron raíces chiquitas, finitas,
pero puso su esfuerzo en dejarlas
gruesas y fuertes.
Tantos años en el mismo lugar,
sobreviviendo inviernos y otoños,
floreciendo en primavera
y dando fruto en verano,
ya lo habían aburrido.
“¿Más de lo mismo?
¡No, por favor!”,
pensó luego de escuchar a los pájaros
contar de las grandes aguas
que se extendían al este.
“Soy grande, soy potente
esas aguas me harán más justicia
que este río.
Quiero el brillo que ciega,
y el rugido del agua en movimiento.”
Y así, después de trabajar duramente
por muchos meses
logró desplantarse
y comenzó a desplazarse.
En el caminó sacrificó sus manzanas,
sus ramas, sus hojas
y sus raíces más flacas.
Todo estorbaba.
Nutrió sus ojos
de nuevos colores
y se llenó de nuevos olores.
Y aunque no todos fueron sabrosos,
también probó nuevos sabores.
Y llegó. Al fin llegó.
Su horizonte se expandió
y vio partes de animales fascinantes.
Sintió el viento despeinando las últimas ramas
y vio el dorado y la plata brillar en el agua.
Pero tuvo sed.
Tuvo sed como no la había tenido antes.
Hundió sus raíces-patas buscando la tierra y sintió la arena;
desesperado, se acercó al agua
y descubrió, con horror, que era salada.
“¡Cuánto deseo mi río!
¡Cuánto deseo su agua viviente!
Era su dulce corriente
la que me hacía fuerte.
¿Para qué habré oído al pájaro,
si mi hoja siempre estaba verde?
Yo nunca dejé de dar fruto,
pero ahora estoy seco
por haberme creído autosuficiente.”
Yanett Sokur
