Su mirada

 Mientras Jesús iba de camino, un hombre llegó corriendo, se arrodilló delante de él y le preguntó:

—Maestro bueno, dime, ¿qué debo hacer para tener vida eterna? Jesús le contestó: —¿Por qué dices que soy bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces bien los mandamientos: No mates, no seas infiel en tu matrimonio, no robes, no mientas para hacerle daño a otra persona, no hagas trampas, obedece y cuida a tu padre y a tu madre. El hombre le dijo: —Maestro, todos esos mandamientos los he obedecido desde que era niño. Jesús lo miró con amor y le dijo: —Sólo te falta hacer una cosa. Ve y vende todo lo que tienes, y reparte ese dinero entre los pobres. Así, Dios te dará un gran premio en el cielo. Después de eso, ven y conviértete en uno de mis seguidores. Al oír esto, el hombre se puso muy triste y se fue desanimado, porque era muy rico.

Marcos 10: 17-22 TLA (Énfasis del autor)

La mirada de Jesús es tierna, compasiva y personalizada. Al mirar al joven rico lo hizo lleno de amor aun sabiendo que tenía muy buenas intenciones, pero que el cambio en su vida no podía ser radical. El joven se entristeció y Jesús aun amándolo no pudo cambiar totalmente su vida. Era su decisión

(…) y le dijeron a Jesús: —Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo pecado de adulterio. En nuestra ley, Moisés manda que a esta clase de mujeres las matemos a pedradas. ¿Tú qué opinas? Ellos le hicieron esa pregunta para ponerle una trampa. Si él respondía mal, podrían acusarlo. Pero Jesús se inclinó y empezó a escribir en el suelo con su dedo. Sin embargo, como no dejaban de hacerle preguntas, Jesús se levantó y les dijo: —Si alguno de ustedes nunca ha pecado, tire la primera piedra.

Entonces Jesús se puso de pie y le dijo: —Mujer, los que te trajeron se han ido. ¡Nadie te ha condenado! Ella le respondió: —Así es, Señor. Nadie me ha condenado. Jesús le dijo: —Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar.

Juan 8: 4-7, 10-11 TLA (Énfasis del autor)

Cuando miró a la mujer adúltera vio lo que nadie había visto de ella y su mirada fue una mirada de justicia, de salvación, de amor, de perdón, de ternura y de esperanza. Una mirada de futuro. La respuesta que le dio fue una puerta abierta: “ya no peques”. Pero también, como con el joven rico, quien debía terminar de escribir esa historia era ella misma. Se puso de pie, mirándola desde su autoridad para perdonar, la miró y le hizo un ofrecimiento: “vete y no peques más, mi amor está disponible para vos, pero es tu decisión”.

(…) no había terminado Pedro de hablar cuando de inmediato el gallo cantó. En ese momento, Jesús se volvió y miró a Pedro. Entonces Pedro se acordó de lo que Jesús le había dicho: «Hoy, antes de que el gallo cante, vas a decir tres veces que no me conoces.» Pedro salió de aquel lugar y se puso a llorar con mucha tristeza.

Lucas 22: 61-62 TLA (Énfasis del autor)

Cuando miró a Pedro, después de haberle anunciado que iba a negarlo, lo buscó entre muchas otras miradas. Extendió su vista hasta el otro lado del patio aquella noche, a pesar de estar siendo acusado y maltratado, giró su cabeza para buscar a su amigo, al que amaba. Con su mirada en medio de la tristeza, el Maestro lo quería volver a perdonar una y otra vez y al cruzar sus miradas, la convicción de su error se apoderó de Pedro. La próxima vez que lo vería, la mirada de Jesús iba a ser absolutamente sanadora… y Pedro debía terminar de escribir la historia.

No hay ninguna razón para que Jesús no te mire con amor… ninguna. ¿Cómo estás escribiendo tu historia?

Ruth O. Herrera