Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Ustedes deben amarse de la misma manera que yo los amo. Si se aman de verdad, entonces todos sabrán que ustedes son mis seguidores.
Juan 13: 34-35 TLA
El mandato de Cristo delimita la característica de la iglesia cristiana. Debemos amarnos aunque no siempre sea sencillo, pero siempre es mejor.
Debemos luchar por mantener a una iglesia sana capaz de mostrar el amor de Cristo en palabras y en hechos. Es un gran pedido, un gran mandato y una gran responsabilidad, el segundo de los mandamientos en importancia y el que mejor define a los seguidores de Cristo.
Este nuevo mandamiento se renueva, o debiera renovarse cada día. Cada mañana tendría que ser un nuevo propósito, una clara decisión. Amar a otros, al prójimo, al que no es tan cercano, es voluntario y a veces nos molesta o incomoda.
¿Amar al desconocido… es necesario?
Probablemente para vos y para mí no sea imprescindible, pero Jesús nos lo dio como una demanda sin excusas.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así. Y si dan prestado sólo a aquellos de quienes piensan recibir algo, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores se prestan unos a otros, esperando recibir unos de otros. Ustedes deben amar a sus enemigos, y hacer bien, y dar prestado sin esperar nada a cambio.
Lucas 6: 32-35 DHH
Hay momentos, cotidianos… simples, inesperados en los que no quisiera que Jesús me pida esto. En medio del tráfico complicado, cuando alguien me agrede innecesariamente, si me mienten a propósito, ante un hecho de inseguridad, ¿quién fluye gustosamente en esa demanda?
A ustedes Dios los amó y los eligió para que sean su pueblo santo. Por eso, vivan siempre con compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia. No se enojen unos con otros, más bien, perdónense unos a otros. Cuando alguien haga algo malo, perdónenlo, así como también el Señor los perdonó a ustedes. Pero lo más importante de todo es que se amen unos a otros porque el amor es lo que los mantiene perfectamente unidos. Permitan que la paz de Cristo controle siempre su manera de pensar, pues Cristo los ha llamado a formar un solo cuerpo para que haya paz; y den gracias a Dios siempre.
Colosenses 3: 12-15 PDT
Reflexionar en esto me ayuda a comprender más a los discípulos y sus crisis de unidad. No todos ellos eran amigos por elección, coincidieron al ser llamados por el Maestro a ser parte de una misión revolucionaria, más si consideramos que los seguidores de Jesús no eran solo 12.
Después, Jesús eligió a setenta y dos discípulos, y los envió en grupos de dos en dos a los pueblos y lugares por donde él iba a pasar.
Lucas 10: 1 TLA
Así que si hubo algún tipo de competencia entre ellos, al menos por un tiempo, sería… “lo más normal”. Por eso Jesús insistió en hablar de unidad, compasión, igualdad.
Ellos eran hombres absolutamente comunes que fueron moldeados en caminatas, comidas, charlas, pescas frustradas, servicios agotadores y tantas otras oportunidades al ver al Señor hacer cosas extraordinarias.
Amistad, compañerismo, relaciones sanas, buen trato, son premisas del cristiano no negociables. Y aún así Jesús eligió hombres capaces de empuñar un arma como Pedro y Simón el zelote, perteneciente a un grupo religioso extremo, alguien que traicionara al pueblo como Mateo, y quien buscara su conveniencia como los hermanos Jacobo y Juan.
Conociendo esto, vos y yo no podemos dar excusas para no cumplir el segundo gran mandamiento. Jesús puede transformar el orgullo en humildad, rencor en perdón, celos en entendimiento, falta de interés en amistad. Con Él ese mandato es posible y quien lo cumple vive en paz y mejor, porque no está solo.
Te invito a pensar en las personas a las que “mantenés intencionalmente lejos” y ores para que el Espíritu Santo te impregne de compasión.
Decidí cada mañana amar como Jesús te ama, y vas a descubrir y encontrar nuevos amigos y hermanos que hasta ahora te eran indiferentes.
Ruth O. Herrera
