Te doy lo mejor que tengo

Un día a las tres de la tarde, la hora de la oración, Pedro y Juan subieron al área del templo.  En ese lugar del templo había una puerta llamada La Hermosa. Todos los días un paralítico de nacimiento era llevado hasta allí para que les pidiera limosna a los que entraban al área del templo.  Cuando el paralítico vio a Pedro y a Juan a punto de entrar, les pidió limosna.  Pedro y Juan lo miraron a los ojos, y Pedro le dijo: —Míranos.Entonces el hombre los miró atentamente, esperando recibir algo de ellos.  Pero Pedro le dijo: —No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.Entonces Pedro lo tomó de la mano derecha y lo levantó. De inmediato, las piernas y los tobillos del hombre se fortalecieron.  El hombre saltó, se puso de pie y comenzó a caminar. Entró al área del templo con ellos, caminando, saltando y alabando a Dios.

Hechos 3: 1-8 (PDT)

Es fundamental tener en cuenta que debemos reconocer que lo mejor que tenemos es una persona, se llama Jesús, porque de nada sirve que nosotros tengamos al Señor, pero no podamos reconocerlo como el Hijo de Dios y nuestro Salvador. Si eso nos falta, nos falta lo esencial.

Cuando hay reconocimiento de la persona de Jesucristo el resultado es que podemos adorar a Dios. La afirmación y la aceptación de Jesús como el hijo de Dios nos llevan a la adoración.

Pastor Milton Cariaga

Un día Pedro y Juan fueron al templo y se encontraron con un paralítico que pedía limosna. Tal vez en otro tiempo ellos le hubieran dado algo de lo que habían pescado para que pudiera comer, o alguna moneda. Siempre hubo mendigos en las calles y aún los que los ayudaban, tal vez lo hicieran automáticamente. Este era uno más entre los muchos que había y ya formaban parte del paisaje cotidiano. Pero esta vez algo había cambiado. Pedro y Juan eran diferentes, por eso es que cuando este hombre les pidió limosna lo miraron a los ojos. Lo reconocieron como persona y además también buscaron intencionalmente su mirada.

A esta altura de los acontecimientos el mendigo no entendía nada, pero los miró esperando la limosna. ¡Nunca imaginó que recibiría una vida nueva!

Me conmueven Pedro y Juan, porque tenían muy claro qué o mejor dicho “Quién” era lo mejor que tenían para dar y eso hacía que procedieran con naturalidad. No iban de un lado a otro haciendo un espectáculo obrando milagros. Sabían que ese poder no les pertenecía. Solo eran dos pescadores. No tenían riquezas, ni plata ni oro…pero lo que tenían era la compasión de Su Maestro, que los hacía ver a los necesitados no como alguien anónimo a quien ayudar sino como a una persona a quien validar con la mirada y luego sí declarar osadamente, tal vez sin siquiera pensarlo “Lo que tengo te doy, en el nombre de Jesús levántate” y tenderle la mano para ayudarlo a incorporarse. Todo el lenguaje corporal desde lo visual, la palabra y los gestos manifestaban al Señor. ¿El resultado? Una persona sana entrando al templo junto con ellos saltando y alabando a Dios.

¿Te parece muy lejana la experiencia? ¿Será inaccesible?

Pedro y Juan ni siquiera oraron para pedir sanidad, iban a la reunión de oración, pero estaban preparados ya antes de entrar al templo.

Cristo sigue siendo el mismo. El amor, la compasión y el poder para cambiar realidades imposibles le pertenecen. Su deseo es compartirlo con nosotros. Lo mejor que tenemos es una persona. Si persistimos, nos enfocamos y sobre todo, no olvidamos que no se trata de nosotros sino de Él, podremos participar de los milagros que Él quiere darnos para que Su nombre sea glorificado.