Te invito a mi casa

Practiquen la hospitalidad unos con otros sin quejarse.

1° Pedro 4:9 NVI

Al hablar de amar profundamente, Pablo involucra una actitud de hospitalidad como expresión del amor cristiano. Después de decir que el amor debe ser profundo entre los creyentes, menciona una práctica concreta y visible: la hospitalidad.

No habla de una idea abstracta. Habla de una acción cotidiana y muy personal. En el mundo antiguo, la hospitalidad era esencial para la vida comunitaria. Los viajeros dependían de ser recibidos por otras personas para encontrar refugio y alimento. Muchas de las primeras comunidades cristianas se reunían en casas, compartían la mesa y sostenían relaciones muy cercanas.

Pero Pedro va por más, agrega algo muy significativo: “sin quejarse”. La famosa frase: “invité a alguien a cenar” no siempre es bien recibida. Los anfitriones, generalmente, piensan en cómo está de ordenada la casa, o qué hay en la heladera, antes que en la alegría o necesidad del invitado. Esto revela que no siempre la hospitalidad resulta cómoda.

Recibir personas implica tiempo, energía, organización, paciencia. A veces requiere adaptarse, compartir lo que tenemos, hacer lugar en agendas ya ocupadas. Pero Pedro insiste en una actitud interior. La hospitalidad cristiana debe practicarse primero en el corazón para estar dispuesto y alegre.

Jesús mismo practicó y fue protagonista constantemente de la hospitalidad. Muchas de sus charlas más significativas ocurrieron alrededor de una mesa. Jesús compartiendo comidas con discípulos, con personas marginadas y con familias que abrían sus hogares nos dejó el precedente de que la mesa puede ser un lugar donde la gracia se hace visible.

Abrir la casa comienza por abrir el corazón. En mi casa, en tu casa y en la iglesia. Ser hospedadores involucra pensar en el beneficio del otro. Cada domingo en los cultos damos la bienvenida, y es común que lo hagamos de manera personalizada. Pero, no siempre todos lo sentimos personal, pensando: “yo soy quien te recibo en mi casa”.

La bienvenida comienza en nuestro deseo de mostrar el amor de Dios. Todos y cada uno la estamos dando, abriendo un espacio para que “el invitado” no se sienta un extraño. Por eso desayunamos juntos, para darnos la bienvenida, aunque seamos parte de la iglesia desde mucho tiempo.

Una casa, un templo, puede estar abierto físicamente, pero cerrado en nuestra actitud. Podemos recibir personas sin realmente integrarlas. La hospitalidad bíblica es dinámica, crea espacios en la mesa, abraza y comparte tiempo y buenas noticias.

Que a partir de este tiempo tu mesa, y el lugar que tenés en la iglesia, siempre tenga espacio, tiempo y dedicación para hospedar a quien necesita conocer a Cristo.

 

Ruth O. Herrera