Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios reposaba sobre él.
Lucas 2:40 RVC
El niño “crecía”. Esta afirmación nos ayuda a comprender que la niñez de Jesús fue como la nuestra, con juegos, risas, aprendizaje, amistad, hermanos y familia, pero se destacó al crecer en Gracia y Sabiduría. Formado por sus padres como todo niño, quienes amorosos y dedicados, sabían que eran responsables de formar y educar al niño más especial de la tierra, aun cuando él no fuera consciente, en sus primeros años, de su deidad. Ellos habían experimentado la manera sobrenatural en que había nacido, y tenían, como todos los padres, grandes expectativas en su hijo. Pero… ¿cómo podrían discernir completamente la clase de niño que estaban educando? ¿Cómo sería la mejor manera de hacerlo?
María y José se enfrentaban a la educación de un niño realmente inteligente, y debían educarlo con un profundo conocimiento en las escrituras, la ley y la historia de su pueblo, y realmente hicieron un gran trabajo. Ellos seguramente tenían una comunión directa y especial con Dios, y lo vemos claramente en el relato de Mateo 2, en el que José recibe a través de sueños, la visita del ángel que le dio indicaciones precisas de parte de Dios, para preservar la vida del niño.
Esto denota la clase de hombre que era: sumiso a la voluntad del Padre y dispuesto a cumplirla. Alguien capaz de dejar su casa, su trabajo y hasta su país, por amor a su hijo. Cuidar y educar al niño era sin duda la prioridad para un hombre de tal nobleza y comunión con Dios.
Satanás desde el principio, quiso obstruir el plan de salvación, pero Dios siempre se adelantó a sus maquinaciones y entonces envió a José a Egipto. Nació y debió ser educado como cada uno de nosotros, y el haber vivido en Egipto, se cree entre 4 a 7 años, una cultura tan diferente, seguramente influyó en el proceso de aprendizaje de Jesús. Necesariamente tuvo que aprender y experimentar cada costumbre hebrea en una cultura opuesta. Y en el transcurso aprendió cómo amar y obedecer a Dios, madurar y asimilar su condición de hijo de Dios.
Entre maderas de la carpintería, aprendiendo el oficio, compartiendo los días con sus hermanos y hermanas, me pregunto ¿a qué jugaba?, ¿quiénes serían sus amigos del barrio? La Biblia no da esos detalles, pero mientras fue niño, pensaba y actuaba como niño en una aldea humilde.
Los pensamientos y planes del Padre celestial son perfectos, y María y José sin duda eran los padres apropiados para la formación familiar e intelectual de nuestro Salvador. Dios no improvisa y cuidó cada detalle de su crecimiento y desarrollo para su ministerio.
Esto nos ayuda y enfoca en la responsabilidad que tiene cada adulto. Sea cual sea el rol para cumplir, influir, ser parte de acercar a los más chicos a Cristo. Todos en algún momento somos responsables de algún niño y su relación con Dios.
Si en tu familia, trabajo, o entorno, estás cerca de uno o más chicos, reflexioná ahora en esta responsabilidad y cumplí con el plan que Dios puso en tus manos. Estamos a pocos días del primer evento evangelístico para niños así que, todos somos parte, para defender, participar, sostener y orar por los PeKes de nuestra iglesia, y declarar juntos que este mes obedecemos la orden de Jesús: “DEJEN A LOS NIÑOS VENIR A MÍ”.
Ruth O. Herrera
