Un compañero inesperado

Aquel mismo día dos de ellos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Sucedió que, mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero ellos no lo reconocieron, pues era como si tuvieran los ojos vendados.―¿Qué vienen discutiendo por el camino? —les preguntó. Se detuvieron, cabizbajos; y uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: ―¿Eres tú el único extranjero en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente? ―¿Qué es lo que ha pasado? —les preguntó. Ellos respondieron: ―Lo de Jesús de Nazaret. Era un profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron. Pero nosotros teníamos la esperanza de que fuera él quien liberaría a Israel. Es más, ya hace tres días que sucedió todo esto.

  1. Lucas 24. 13-21 (NVI 2019)

(Énfasis del autor)

 

Esta historia es muy conocida. Dos seguidores de Jesús iban a Emaús, un pueblo cercano. El Señor se les acercó, comenzó a caminar al lado de ellos y les preguntó qué venían discutiendo por el camino. A Cleofas, uno de ellos, le extrañó que hubiera alguien que ignorara la muerte de su líder. Entonces, comenzó a explicarle los acontecimientos y también sus esperanzas frustradas. Según su perspectiva, todo había terminado muy mal. Ya no había vuelta atrás.

No voy a transcribir la historia completa, pero si seguís leyendo vas a encontrar que Jesús comienza a explicarles todo lo que se decía de Él en las Escrituras. Estas dos personas le rogaron al (para ellos) desconocido que se hospedara en su casa. Es en ese momento que el forastero se comporta de manera insólita: ocupa su lugar en la mesa, toma el pan, lo bendice, lo parte y le da un trozo a cada uno. En un segundo, el huésped se transforma en dueño; el invitado, en el anfitrión que reparte la comida. Y en ese gesto, los caminantes descubren quién era el que había compartido el viaje con ellos. El Mesías tan esperado no solo estaba vivo, sino que los había acompañado durante todo el trayecto. ¡Qué enorme privilegio!

 

Acá surge una pregunta ¿cómo es posible que no lo reconocieran desde el principio? Estaban muy acostumbrados a verlo y a escuchar su voz. El texto dice que eran dos de sus seguidores. Sin embargo, también aclara “ellos no lo reconocieron, pues era como si tuvieran los ojos vendados”. Habían vivido una realidad tan extrema que estaban cegados a cualquier perspectiva diferente. Lo único que podían hacer era hablar para desahogarse. No podían aceptar que todo hubiera terminado. De hecho, sus primeras palabras hacia el Maestro fueron casi un reproche: “― ¿Eres tú el único extranjero en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente?” Durante varios kilómetros olvidaron todo lo que sabían y habían vivido. Estaban sumergidos en la tragedia. Un único tema dominaba su conversación y, obviamente, lo hablarían con cualquiera que se les cruzara en el camino.

 

La condición humana no ha cambiado a través de los siglos. Vos y yo no somos diferentes a estos dos. Muchas veces, aunque conocemos a Cristo y hemos visto su obrar a nuestro favor en innumerables oportunidades, llega un punto en el que el dolor, la carencia, o distintas dificultades nos “vendan los ojos” y realmente no podemos ver nada más.  Nuestra oración se convierte en una especie de avalancha de palabras de queja, desconcierto o enojo (depende de la personalidad que tengas).

No obstante hoy quiero animarte a que aun en medio de cualquier situación incomprensible, dolorosa o injusta levantes la mirada e invites a Jesús a ese ámbito que se ha convertido en tu casa. Si estás atento, seguramente descubras que en medio de todo lo que te duele y de lo que no entendés, Cristo, en medio de la noche, aparece como dueño: se sienta a la mesa, parte el “alimento” que necesitás, lo bendice y lo coloca en tus manos. 

Mónica Lemos