Un desierto que florece en otros

Todo tipo de árbol frutal crecerá en ambos lados del río. Nunca se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos. Cada mes producirán fruto nuevo gracias al agua que fluye del santuario. Su fruto produce alimento y sus hojas proporcionan medicamentos».

Ezequiel 47: 12 PDT

(Énfasis del autor)

 

Ezequiel era un sacerdote que con muchos otros líderes habían sido capturados y llevados a Babilonia dejando atrás la seguridad que sentían al estar en la ciudad sagrada. Seguramente pudieron preguntarse dónde estaba Dios… Como exiliados sin futuro, el desierto de la tristeza y la pérdida de la esperanza serían la rutina de cada día.

 

Ezequiel vivía en un campo de refugiados, y al cumplir 30 años, el tiempo en que en Jesrusalen hubiera sido instituído como sacerdote, recibió a orillas de un canal de riego una visión humanamente inexplicable. Es cuando reconoce a Dios en su trono… el 

“KAVOD”, lo pesado y grandioso de Su Presencia. Es entonces que comienza su oficio de profeta.

Ahora la gran pregunta es… ¿Cómo podría Dios mostrarse en una tierra pagana?

 

El pueblo se había alejado del Señor y esto resultó en el exilio y el tremendo tiempo de malas noticias que terminaron con la destrucción de Jerusalen y el templo. A lo largo del libro, Ezequiel describe el alejamiento y sus consecuencias, pero después del capítulo 34 dibuja entre poemas y parábolas el amoroso rescate de Dios.

 

Así, al final del libro encontramos las promesas de un nuevo Rey y un río de aguas sanadoras, promesas de la restauración del pueblo y la esperanza de la resurrección.

 

Este brevísimo resumen del libro puede ser de inspiración para que, como el profeta, seamos portadores de las promesas de Papá.

 

Todos los días nos enfrentamos a necesidades de salud, estamos comprometidos en la intercesión y el acompañamiento de aquellos que cerca o no tanto necesitan de nuestra oración. Por eso esta declaración del profeta, su visión y aseveración de lo que el río de Dios provoca puede y debe ser invertida en tiempos de oración.

 

Hablar, decir, profetizar con nuestros labios que en presencia del río del Espiritu Santo hay sanidades. Provocarnos a creer.

Una cosa es que el Espíritu de Dios se manifieste a nuestra vida cada vez que tengamos un problema, y otra muy diferente es vivir en el espíritu, andando con el Espíritu Santo y así ser capaces de “declarar vida sobre huesos secos”.

 

Como el profeta quizás te sientas exiliado, solo, desalentado, sin grandes expectativas por la realidad, pero hay un río profundo y abundante y… Su fruto produce alimento y sus hojas proporcionan medicamentos».

 

Exhalá de Su salud con palabras de la Palabra…

 

Ruth O. Herrera