Un enemigo amistoso

Jesús replicó: —¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?

Como respuesta el hombre citó: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. —Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.

Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?

Lucas 10: 26-29 NVI

Jesús dijo “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y el escriba le replicó: Pero, ¿quién es mi prójimo?

El Señor no contestó esa pregunta, no se enredó en cuestiones intelectuales o del ser, en cambio,  le contó una historia que seguro conocés, se llama la parábola del buen samaritano

Un hombre fue atacado por ladrones que lo dejaron medio muerto, un religioso y un levita lo vieron pero no se conmovieron, siguieron su camino. La conducta de ellos parecía prolija, cumplían con sus tareas religiosas y aparentaban corrección En este sentido ya dijimos alguna vez: “no es lo mismo funcionar que vivir”. Los aparatos funcionan, nosotros vivimos y porque vivimos tenemos que decidir, hacer elecciones; cuando elegimos hacer algo dejamos de hacer otra cosa.  En este caso los dos religiosos decidieron pasar de largo y dejar al  herido en el camino. 

Seguramente el maestro de la ley que hablaba con Jesús, como la mayoría del pueblo, odiaba a los samaritanos, y el Señor lo provocó poniendo de ejemplo a alguien que tenía otra bandera política pero sin embargo se ocupó del que necesitaba ayuda, lo cuidó, lo llevó a un lugar seguro y pagó los gastos.

Cuando terminó de contar la historia Jesús le preguntó: ¿Quién te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en desgracia? no le contestó, en cambio le devolvió la pregunta desde el enfoque correcto ¿quién te parece que fue el prójimo del que cayó en desgracia?

Dicho de otra manera, no se trata de preguntar a quién debo amar sino de decidir yo mismo constituirme en prójimo en toda situación ¡Extraordinario desafío!

El amar a Dios puede una y otra vez renovar la identidad que a veces hemos perdido… porque hemos perdido la permanencia de la intimidad con Dios.  Es muy difícil amar a quien no vemos, por eso Dios vino en la persona de Jesús, nos vino a mostrar qué piensa, qué siente Dios, y vino traer una revelación acerca de nuestro prójimo, incluso de los que son más cercanos como nuestra familia.

“Ámense unos a otros como yo los he amado en esto conocerán que ustedes son mis discípulos” 

No se es discípulo por saber la teología al pie de la letra sino en el hecho de amar a otros… “En esto conocerán los demás que ustedes son míos”.

                                 Pastor Hugo Herrera

Tu identidad como cristiano debe ser visible y la manera en que Jesús dijo que podés hacerlo es mostrando tu amor con acciones, manifestando una actitud de misericordia entre tus hermanos. Este fue el mandamiento que predominó en la parábola del samaritano. El Maestro subrayó esta consigna al poner en escena a un enemigo amistoso, alguien que dejó de lado sus opiniones y racismo, fue capaz de desviarse de su ruta e invertir tiempo y dinero para ayudar a un desconocido.

Pretender amar a todos parece una utopía… ¡¿Quién puede hacerlo?!

Todos, sí todos tenemos internamente cierta discapacidad para amar más allá de nuestros gustos, costumbres, ideales y hasta escala social. No podemos engañarnos, y Jesús lo sabía por eso relató esa historia tan molesta.

Amar a quien nos ama es fácil… lógico. Poner a todos los que nos rodean en la categoría de prójimo es una tarea voluntaria y que se desarrolla y fortalece cada día.

Varias veces por semana camino por una calle donde hay un muchacho joven en silla de ruedas que pide ayuda y puedo decir que casi cada vez que lo veo y me habla recuerdo esta parábola. No detenerme no es una opción, ayudarlo es parte de mi identidad. Seguramente a vos te pasan situaciones similares todo el tiempo, te cruzás con vecinos o entrás a negocios, subís a un colectivo… vos y yo tenemos que reconocer a los heridos de espíritu y cuerpo que llenan nuestra ciudad… porque vos y yo somos samaritanos.

Ruth O. Herrera