Jesús y sus discípulos pasaron por la ciudad de Jericó, y al salir de allí mucha gente los siguió. Junto al camino estaba sentado un ciego que pedía limosna. Se llamaba Bartimeo hijo de Timeo. Cuando Bartimeo oyó que Jesús de Nazaret estaba pasando por allí, empezó a gritar: —Jesús, tú que eres el Mesías, ¡ten compasión de mí y ayúdame! La gente comenzó a reprender al ciego para que se callara, pero él gritaba con más fuerza todavía: —Señor, tú que eres el Mesías, ¡ten compasión de mí y ayúdame! Entonces Jesús se detuvo y dijo: —Llámenlo. La gente llamó al ciego y le dijo: —¡No tengas miedo! Ven, que Jesús te llama. El ciego tiró su manto, y de un salto se puso de pie y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: —¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego respondió: —Maestro, haz que pueda yo ver de nuevo. Jesús le dijo: —Puedes irte; estás sano porque confiaste en Dios. En ese momento, el ciego pudo ver de nuevo, y siguió a Jesús por el camino.
Marcos 10: 46-52
Grita y grita. Un hombre molesto, casi insoportable. Un ciego tan empecinado en hacerse notar que parecía estar trastornado.
Esta es la historia de Bartimeo, alguien a quien su ceguera no le impidió provocar un “escandaloso encuentro” con Jesús. Su fe es admirable, además de la insistencia que mostró para llamar la atención de otros y así también llegar al Maestro.
No veía, pero sí escuchaba, y al oír que Jesús pasaba supo aprovechar la situación. Yo creo que habrá estado mucho tiempo atento para finalmente ese día escuchar que pasaba frente a él y percibir su gran oportunidad. Su objetivo se acercaba por el camino y Bartimeo tuvo una idea brillante. El ciego comenzó a gritar con todas sus fuerzas, tanto alboroto hizo que muchos se fastidiaron por semejante escándalo.
La gente comenzó a reprender al ciego para que se callara, pero él gritaba con más fuerza todavía: —Señor, tú que eres el Mesías, ¡ten compasión de mí y ayúdame!
Marcos 10: 48
Me encanta esta situación en la que un hombre no estuvo dispuesto a renunciar a acercarse a Jesús. Solo un ciego enloquecido y fuera de toda normalidad podía complicarle la caminata a toda la gente que pacíficamente seguía al Maestro. ¡Había pasado tanto tiempo tirado al costado del camino!
Me imagino como sería hoy: bajando la larga escalera del subte, con una multitud apurada por llegar a algún lado, y de repente escuchar los gritos desenfrenados del ciego que habitualmente vende chucherías en el pasillo llamando a alguien. Entonces empezarían los comentarios: “¡callate loco!”, “¡andá a vender ballenitas al puerto!”, “¡lo que nos faltaba, otro gritando en el subte!”
En todas las épocas, la situación resulta bastante incómoda.
Pero Bartimeo logró llamar la atención de la única persona que le importaba. Al escuchar aquel alboroto Jesús detuvo su caminata. Hasta ese momento el ciego era un anónimo, alguien del montón sin identidad ni importancia, pero aun así el Señor fue decididamente a su encuentro. Entonces desde el piso polvoriento sintió su presencia, y sin verlo comprobó su poder.
Jesús podría haberlo sanado a la distancia, pero este hombre necesitaba algo más que la vista, precisaba un encuentro más cercano. Bartimeo también necesitaba la salvación.
Vidas despreciadas, ignoradas, temidas. A todas y cada una de ellas Dios las recibió, las buscó, se dejó encontrar y las transformó.
Esta semana solo recordamos a algunas de las personas que tuvieron un encuentro con Jesús y nunca más volvieron a ser las mismas. Cambiadas, trasformadas, perdonadas y sanadas que se lanzaron a la aventura de la fe.
Jesús responde, atiende, se detiene. A Él le interesan las mujeres sin rostro, enfermas, pecadoras y discriminadas, se ocupa también de los hombres hambrientos de paz que buscan darle sentido a su vida. El Amado busca a quien amar…
Cada día tu vida puede cambiar. Quizás sea necesario que grites con todas tus fuerzas: «TEN MISERICORDIA DE MÍ». No dudes que lo que más desea Cristo hoy es tu vehemente búsqueda y anhelo ardiente de que te bendiga.
¡Cada encuentro con Jesús cambia tu vida!
Ruth O. Herrera
