Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le
habían reconocido al partir el pan.
San Lucas 24: 28-35 (RVR60)
(Énfasis del autor)
Cuando llegan a Emaús, Jesús hace como que tiene que seguir su camino. Hasta ahí, de lo único que ellos eran conscientes es de que estaban discutiendo por algo que había sucedido, se había sumado una tercera persona a la charla y les había dado un punto de vista completamente distinto de los mismos hechos. Cuando el Espíritu Santo actúa te puede recordar algo que ya el Señor te dijo y ahí se vuelve verdad para vos.
¿En qué momento se les reveló la verdad a estos caminantes? Sucede cuando le piden al desconocido que se quede con ellos. No sabían que era Jesús, pero lo retienen, retienen a esta persona porque les hacía bien y habían disfrutado de su compañía. Él hace como que se va y permite que ellos insistan. A veces tenemos que insistir porque en esa insistencia somos conscientes de que buscamos en la dirección adecuada. Jesús acepta la invitación y cuando comparte el pan, ahí ellos recuerdan, ahí lo reconocen.
Te puede pasar lo mismo. Estás hablando con alguien todo el tiempo de lo que te pasa, de tu crisis, de lo que no tenés, de lo que no se hace, de lo que no se espera, de lo que no se produce y lo único que ves es una caminata hacia una esperanza. Aun no hay nada concreto hasta que Jesús se suma y en la escucha activa del Señor y en la tuya se corre ese velo.
Pastor Cristian Centeno
Esta es una escena muy tierna. Los dos viajeros invitan al desconocido que los acompañaba a alojarse con ellos porque ya se hacía de noche.
Lo que sigue es sumamente significativo por la forma en que reconocen al Maestro. Cleofas y su compañero recuerdan y traen a la luz una sensación inexplicable, reconocer a Jesús por sus modales, la forma de cortar el pan y repartirlo, algo que ocurre cuando realmente compartís tiempo con alguien.
¡Qué hermoso es reconocer a Jesús en nuestra vida cotidiana, en nuestras rutinas más sencillas y diarias!
Es muy probable que estos dos compañeros de viaje estuvieran atentos solamente a la charla y no a lo que sentían mientras conversaban.
¿Por qué lo reconocieron recién cuando tomó el pan? Algunos comentaristas dicen que es muy probable que hayan participado del milagro de la alimentación de las cinco mil personas, también pueden haber estado en la última Cena. Sea cual fuere la explicación, ellos lo reconocieron durante un momento íntimo, familiar. Recién después pudieron identificar el calorcito que habían sentido en sus corazones mientras escuchaban su voz en el trayecto a Emaús.
Si perserverás en invitar al Señor a participar de tu vida diaria, aun en medio de las preocupaciones y problemas para resolver Él se dará a conocer de forma que puedas identificarlo claramente y es muy posible que Su presencia traiga un inesperado calorcito a tu corazón. Lo sé porque lo viví.
Hace muchos años, nuestra iglesia tuvo un seminario de adoración. Era una tarde de invierno y hacía frío en la capilla. Yo tenía puesta una polera de cuello alto, una bufanda y un tapado. La pastora comenzó a orar y de pronto le pidió al Señor que calentara los corazones con su amor. Yo soy una persona bastante analítica, racional. Cerré mis ojos, pero realmente no esperaba que sucediera nada especial. De repente empecé a sentir mucho calor, tanto que tuve que sacarme la bufanda, bajar el cuello de mi abrigo y aun así la sensación no se iba. Fue muy agradable, pero también desconcertante. Eso sí, el Espíritu Santo no dejó lugar a dudas de que la presencia de Jesús estaba en el lugar.
Dejate sorprender…
Mónica Lemos
