Un milagro casi perdido

Efectivamente, la mujer pronto quedó embarazada y al año siguiente, por esa fecha, tuvo un hijo, tal como Eliseo le había dicho.

Cierto día, el niño, ya más grande, salió a ayudar a su padre en el trabajo con los cosechadores, y de repente gritó: « ¡Me duele la cabeza! ¡Me duele la cabeza!».

Su padre le dijo a uno de sus sirvientes: «Llévalo a casa, junto a su madre».

Entonces el sirviente lo llevó a su casa, y la madre lo sostuvo en su regazo; pero cerca del mediodía, el niño murió.

2° Reyes 4: 17-20 NTV

 

Ahora sí que esta mujer convertida milagrosamente en madre no entiende lo que está pasando.

 

No es lógico que de forma tan repentina perdiera la bendición única e irrepetible que Dios le había dado, ese milagro que no había pedido.

Habían pasado varios años desde el día de la sorprendente noticia de su maternidad, ahora era madre y su realidad era perfecta. Ella y su esposo disfrutaban la sobrenatural familia que Dios les había regalado.

Aquel hijo era el milagro que se renovaba cada mañana cuando lo despertaba, alimentaba y cuidaba. Le pertenecía, era “su hijo”.

 

El profeta no le había mentido, ella le había pedido que no la engañara y así fue. Pero inesperadamente llegó el día fatídico cuando el milagro se desvaneció entre sus brazos. Toda su alegría, esperanza y gratitud se convirtieron en luto.

 

El muchachito era fuerte, por eso había salido a trabajar con su padre, una rutina que seguramente tenían diariamente. Y el día había comenzad normalmente y nada hacía suponer que todo lo recibido como milagro desaparecería en unas pocas horas.

 

Cuando finalmente recibimos algunos de los milagros y bendiciones que esperamos por un buen tiempo, creemos que durarán para siempre; sin embargo, puede suceder que aquello que recibimos de Dios se pierda, desvanezca, enferme… y hasta muera. Sí, la vida no es linealmente buena o perfecta. Y estas circunstancias nos desconciertan y debilitan.

 

Es cuando nuestra actitud define nuestra fe. 

 

¿Por qué me pones a prueba? ¿Cómo puedo perder tu milagro?

¡Cuántas veces es mejor callar y no buscar respuestas donde no las hay!

Pero aún cuando el tiempo del milagro se desvanece, Dios sigue siendo Dios y su aparente silencio también puede ser parte de la respuesta.

 

Es verdad, no todos los milagros son iguales, ni todas las pérdidas se parecen. Por eso apresurarse a hablar casi siempre aumenta la decepción. Vivamos el desafío de seguir esperando milagros a pesar de lo que no entendemos, no como quien se resigna solo a que el tiempo pase, sino con una mirada de fe.

 

Creer no depende de ver o recibir. Creer es el resultado de conocer quién es Dios y disfrutar su amor, consuelo y sus diferentes maneras de mostrarlo.

 

No siempre la historia no termina cuando creemos que termina… El obrar de Dios no se desvanece en un milagro casi perdido.

 

Ruth O. Herrera