Un milagro viviente

Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él, que murió y resucitó por ellos.

2° Corintios 5: 15 DHH
(Énfasis del autor)

En general, de primera mano, somos juzgados o juzgamos a otros por lo que vemos, y el juicio no siempre es justo.

Jesús, en cambio, nos muestra un camino diferente. Él no juzgaba por lo que veía, sí reconocía sus posibilidades y potencial para cambiar y crecer. Consideraba a las personas no según su realidad, sino a través de sus oportunidades, capacidad de cambio. En cada contacto, charla, escucha o respuesta, Jesús desataba el milagro de una vida cambiada

La conocida historia de Zaqueo, (Lucas 19:1-10), es un ejemplo perfecto de cómo Jesús veía a las personas como un milagro viviente. Cuando Jesús llegó a Jericó, buscó a Zaqueo y se hospedó en su casa sin considerar su situación o realidad. Fue el saber que podía haber un futuro diferente y posibilidades para él, alguien que podía cambiar y crecer. Y efectivamente, Zaqueo se arrepintió de sus errores y prometió devolver el dinero que había robado.

Otro ejemplo de cómo Jesús veía en las personas la posibilidad de un milagro es la historia de la mujer adúltera (Juan 8:1-11). Al punto de que la reacción de los acusadores fue de vergüenza y arrepentimiento, y se retiraron uno a uno.

«Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más».

En estas dos historias, como en tantas otras, Jesús desató el milagro de una nueva vida. En su mirada somos un milagro viviente, y esto nos puede inspirar a hacer lo mismo.

Y sin duda somos convocados a replicar la actitud de Jesús hacia las personas. En lugar de juzgar, medir, desconfiar y hasta rechazar a los demás por su realidad, podemos creer que hay un milagro de cambio, posibilidades y potencial.

Para mí este es un desafío constante. El recibir, conocer, compartir tiempo con muchas personas, me enfrenta con la realidad de ver los milagros que Jesús quiere hacer.

Vos y yo podemos ser provocadores de nuevas criaturas, sin pedir garantías o esperar lo que a nosotros nos parece mejor o correcto. Dios tiene infinitas formas de prococar el milagro del nuevo nacimiento.

Al reflexionar, hoy quiero proponerme ver a las personas que me rodean como un milagro viviente. Los que apenas conozco y también a mis amigos, familiares y vecinos como personas con posibilidades infinitas en Cristo. Así como Jesús me vio y me ve cada día en mis debilidades y fracasos.

Te propongo recordar a quienes crees que son un caso perdido y los declares como un milagro en Cristo. Y hacer con tus acciones… que el milagro se provoque.

 

Ruth O. Herrera