Una luz que no se esconde

«Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede esconderse. Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa. De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial»

Juan 5:14-16

Todo buen maestro siempre debería buscar la mejor manera de que sus alumnos puedan entender los conceptos que intenta transmitir. Si alguno de nosotros es docente, y mucho más si somos pastores o líderes, necesitamos mirar al Maestro de todos los maestros para aprender de su pedagogía. Él estaba lleno de gracia y poder, pero aun así se aseguraba de elegir figuras y ejemplos relacionados con la vida cotidiana de su audiencia para que todos pudieran asimilar los principios que predicaba.

En el caso de la porción del sermón del monte que acabamos de leer, Jesús presenta un contraste exagerado, pero sumamente gráfico. Por un lado, una ciudad construida en la cúspide de un monte, y por el otro, una lámpara que está cubierta por una canasta que le han colocado encima. A la primera no esconderla, mientras que la segunda ya está escondida.

La canasta que tapa la luz

Jesús afirma que nosotros ya somos la luz, es decir, que no debemos esperar ningún acontecimiento en particular ni completar un proceso de preparación para serlo. Entonces, ¿cuál podría ser la «canasta» que nos cubre como Iglesia y que hace que nuestro brillo no pueda salir para ser visto? Está claro que no hay una sola respuesta. Pero posiblemente podamos coincidir en que muchas veces abrigamos una sensación, quizás no del todo consciente, de que lo verdaderamente espiritual ocurre más bien dentro de los metros cuadrados donde funcionan nuestros templos.

Donde nos congregamos como iglesia pasan muchas cosas divinamente gloriosas. Adoramos a Dios, tenemos comunión unos con otros, crecemos y nos desarrollamos espiritualmente, servimos a las personas y muchísimo más. Pero nuestra vida como hijos de Dios no termina allí ni se limita solo a eso. Son muchas más las horas que pasamos afuera del templo, y no hay ninguna razón ni argumento para pensar que durante ese tiempo nuestro propósito queda en pausa.

A la vista de todos

Contrariamente a lo que parece, si miramos con atención, estamos mucho más cerca de cumplir nuestra tarea en términos de la gran comisión cuando no estamos reunidos. Jesús da a entender esto luego de hacer la comparación mencionada en los versículos 14 y 15, cuando en el versículo 16 dice que nuestras buenas acciones deben brillar a la vista de todos, cosa que difícilmente pueda ocurrir dentro de las cuatro paredes de nuestros lugares de reunión.

Es hora de poner mucho más foco en cómo nos manejamos a cada paso durante todos los días de la semana en los lugares donde nos movemos habitualmente porque definitivamente es allí donde la sociedad podrá ver la luz que fue depositada dentro de nosotros. Y dado que los primeros en notarlo serán sin duda aquellos con los que interactuamos, ¿qué tal si aprovechamos la oportunidad especialmente única que implica sentarnos en una mesa a compartir un buen rato con alguno de los cinco de nuestra lista? 

Ganar confianza y cercanía

Al orar por nuestros amigos y soñar con una respuesta, probablemente no podamos evitar visualizar una imagen de ellos en un futuro cercano disfrutando un culto junto a nosotros. Pero tengamos claro que ellos recibirán con mucha más apertura y buena disposición una invitación de nuestra parte para comer, antes que una para ir a la iglesia. Y eso no tiene nada de malo en sí, simplemente nos presenta una secuencia en la que los primeros escalones de la confianza y la cercanía suelen facilitar los siguientes.

La luz no debe esconderse y tenemos la responsabilidad de hacerla correr iluminando otras vidas. No pongamos una canasta encima de todo lo que Dios puede hacer a través de nosotros con las vidas de nuestros conocidos que necesitan conocerlo a Él. Una invitación amable y un trato afectuoso de amistad hacen sentir valorado a cualquiera y pueden ser el comienzo de una historia de salvación y redención

Acción:

Hoy vamos a dar el paso concreto de comenzar a invitar a cada uno de nuestros cinco amigos a compartir un rato tranquilos en torno a una mesa.

Oración:

Oramos para que el Señor nos inquiete espiritualmente para quitar todas las «canastas» que pueden estar impidiendo que su luz brille desde nuestro interior hacia toda la sociedad.

Pedimos por confianza y libertad en el Espíritu para no sentir vergüenza de irradiar su presencia.

 

 

 

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