Estaban comiendo. El diablo ya había puesto en la mente de Judas Iscariote, hijo de Simón, que traicionara a Jesús. Jesús sabía que el Padre le había dado poder sobre todo, y sabía que había venido de Dios e iba a regresar a él. Mientras estaban comiendo, Jesús se levantó, se quitó el manto y se ató una toalla. Luego echó agua en un recipiente, empezó a lavarles los pies a sus seguidores y les secaba los pies con la toalla que llevaba en la cintura.
Juan 13: 2-5 PDT
Esta escena se desarrolla la noche en que Jesús comparte la última cena con sus discípulos. Un grupo que había compartido los últimos tres años con Él, tiempo en el que se mostraron sus deseos, carácter, debilidades, buenas y malas actitudes.
Pero Jesús los amaba, eran sus amigos y no los había buscado perfectos.
Él siempre había amado a sus seguidores que estaban en el mundo, y los amó de la misma manera hasta el fin.
Juan 13: 1b TLA
A las claras se ve el impacto que esa noche vivió el apóstol Juan, quien dejó por escrito no solo el acto en sí sino la esencia de un Maestro que dejó huellas imborrables.
Jesús lavó los pies de todos: Jacobo y Juan que habían pedido tener privilegios en el cielo (Marcos 10: 35); Pedro, capaz de hablar por boca del Espíritu (Mateo 16: 15) o responder arrebatadamente; Tomás, el que luchó con su fe (Juan 20: 25); Mateo, odiado por su pueblo (Mateo 9: 9). Todos eran hombres que más de una vez no entendían Su mensaje, hasta el punto casi de no soportarlos (Mateo 17: 17).
Queda claro que no los escogió por estatus social, ni por inteligencia o madurez espiritual. Eran doce hombres absolutamente comunes y el tiempo en Su compañía los trasformaría en apóstoles del Mesías. Los buscó, los llamó, vivió con ellos, se hizo amigo y les mostró una nueva manera de vivir.
Los amó sin esperar que no lo defraudaran, demostró que para ser amigo hay que empezar por serlo.
Esa noche Jesús se envolvió con una toalla, tal como lo hacían los sirvientes, y ejemplificó que al mostrar humildad entre los hombres adquirimos más grandeza. Su liderazgo se sostuvo en su carácter de siervo… ni los halagos ni los maltratos cambiaron su enfoque y su ejemplo.
Jesús no tenía que lavarles los pies, no era necesario. La costumbre era que había personas dedicadas a esa función, por eso la sorpresa fue total.
“…Amigos, mi autoridad no depende de arrodillarme y lavarles los pies”.
La Biblia no aclara si al llegar al aposento se habían lavado los pies para poder cenar, aunque claramente esa era la costumbre. Creo que Jesús esperó el momento indicado para que ese acto tuviera mayor significado.
Humanamente, me cuesta entender que una persona se arrodille frente a su traidor. ¡Es una tremenda escena de amor! Judas ni siquiera en ese momento dudó de entregar a su Señor.
Jesús cambió la práctica usual, pero no pretendía que se repitiera tal cual, su enseñanza era más profunda. En ese acto anticipó su más grande muestra de amor y el ejemplo de que ningún servicio es menor que otro. En cada forma de servicio hay dignidad, no hay escalafones para quienes seguimos su camino.
Y vos ¿cómo te sentís cuando te enfrentás a los que te ignoraron, ofendieron o traicionaron? ¿Cuál es tu límite para mostrar el amor de Cristo? ¿Cuántas veces en tu liderazgo te sentiste defraudado?
En el Reino de los cielos el menor es el mayor, el que da es quien recibe, y sirviendo a otros mostramos que somos sus discípulos.
Ruth O. Herrera
