Yo estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo.
Apocalipsis 3:20 TLA
Este devocional está escrito especialmente para quienes están distantes, aquellos que hicieron “una pausa en la fe”, que se sienten desmotivados o defraudados. Dios mantiene intacto su perdón y amor inagotable, su decisión de esperarte siempre. Las dudas o desencuentros nos afectan a todos, modifican nuestra manera de relacionarnos con el Señor, a veces nos acercan, pero otras nos distancian. El paso del tiempo te puede paralizar, enfriar y modificar tu deseo de intimidad con el Señor, pero para el Padre el tiempo transcurrido solo afianza su esperanza de volver a abrazarte. Aun podés estar “involucrado” en las tareas del Reino pero no estar cerca del Rey…
Jesús es incondicional, dejame recordarte algo importante: nunca se alejó. Está más cerca de lo que creés o sentís. Tocando suavemente tu vida, alrededor, dejando que seas libre para elegir cómo vivir. Te conoce mejor de lo que vos mismo/a te conocés, y sabe en qué momento estás luchando, que la fe a veces no es suficiente o parece desvanecerse. Él puede sentir tu cansancio, tu confusión, tus dudas. Así como aceptó y comprendió la duda de Tomás, un discípulo desilusionado, que había perdido la fe.
Ellos le contaron: —¡Hemos visto al Señor! Pero él respondió: —No lo creeré a menos que vea las heridas de los clavos en sus manos, meta mis dedos en ellas y ponga mi mano dentro de la herida de su costado.
Juan 20: 25 NTV
(Énfasis del autor)
Jesús podría haberlo dado por perdido. En lugar de rechazar a Tomás por su incredulidad, Jesús lo buscó para darle la seguridad que su corazón herido necesitaba. Se presentó en la habitación, en medio de sus discípulos sabiendo lo que había expresado y con una paciencia infinita no lo rechazó por su duda. En cambio, expuso sus manos y su costado para que tocara las cicatrices, y creer la realidad de su resurrección. Habían pasado ocho días en que Tomás se había negado a creer, pero seguía con sus amigos. Tenía motivos, humanamente estaba todo perdido para él. Seguramente desilucionado o frustrado solo se mantuvo cerca de su grupo.
Este momento nos muestra algo fundamental sobre el carácter de Jesús: Él no se aleja por nuestras dudas, nuestras preguntas o nuestros momentos de debilidad. El Señor estuvo y está dispuesto a dar una y otra oportunidad.
La duda de Tomás no lo descalificó como discípulo; al contrario, Jesús usó ese momento para revelar más profundamente su amor y su poder. Y, al final, Tomás dio una de las confesiones más profundas de fe en el Nuevo Testamento: «¡Señor mío, y Dios mío!». Su duda desapareció y encontró una fe renovada que lo llevó a una relación aún más íntima con Jesús.
Jesús comprende cuando muchas veces luchamos con nuestra fe, que los desafíos y las decepciones de la vida pueden empañar nuestra visión. No nos abandona, no se da por vencido. Como lo hizo con Tomás, hoy te invita y me invita a acercarnos, y aunque sea tímidamente, darnos y darle una nueva oportunidad a una relación de amistad renovada.
Ruth O. Herrera
