Valiente…

Estas son las últimas palabras de David: «Declara David, el hijo de Isaí, Y declara el hombre que fue exaltado, El ungido del Dios de Jacob, El dulce salmista de Israel:El Espíritu del Señor habló por mí, Y Su palabra estuvo en mi lengua. Dijo el Dios de Israel, Me habló la Roca de Israel: “El que con justicia gobierna sobre los hombres…

2° Samuel 23: 1-3 NBA

Este era David, un hombre que había conocido lo más alto y lo más bajo del poder, que fue perseguido y también seguido por un ejército de valientes, amado y odiado, defendido y atacado. Cada tiempo y cada experiencia lo transformaron en un líder lleno de poesía y amor a Dios.

No desperdició ninguna circunstancia. Capitalizó hasta sus peores errores para confiar y dejar a Dios actuar en su vida. Esto lo convirtió en alguien digno de ser admirado y seguido.

Me impacta mucho la vida de David y sus epopeyas de guerrero junto a su ejército de poco más de 30 valientes, que eran tremendos, incansables y extremadamente peligrosos. Y lo que más me llama la atención son esos 3 que se destacaban por sobre los demás y defendían al rey David más allá de sus propias fuerzas.

Eleazar era uno de ellos y demostró su fidelidad. Era todo un héroe, y el estar agotado no era su límite. Creo que sin duda una fuerza superior lo sostenía e involucraba en el plan que Dios había escrito para su rey.

Eleazar se mantuvo firme y luchó con energía contra los filisteos hasta que el brazo se le cansó y la espada se le quedó pegada a la mano. Aquel día, el Señor les dio una gran victoria, y cuando el ejército lo supo, regresó al campo de batalla sólo para recoger el botín de guerra.

2° Samuel 23: 10 RVC

¿Recordás este pasaje? Es como leer un libro de aventuras o ficción, como si la historia fuera una fantasía porque… ¿quién puede hacer los que estos 37 guerreros hicieron? ¿Quién se juega de ese modo por otra persona?

Estos 37 hombres, que no eran soldados de elite sino forajidos unidos por una causa, se enfrentaron al ejército enemigo porque creían en David. Lo reconocían y seguramente admiraban. No necesitaban más razones para luchar porque habían decidido ser leales a su rey. Estaban dispuestos a todo porque creían…

David lo había logrado no por ser intachable o infalible, sino por seguir eligiendo a Dios como su Señor una y otra vez. Pudo haber pecado y mucho, pero siempre volvía a la fuente.

En las buenas y en las malas siempre volvía a reconocerse hijo de Dios.

Luego el pueblo suplicó por un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, un hombre de la tribu de Benjamín que reinó durante cuarenta años. Pero Dios quitó a Saúl y lo reemplazó con David, un hombre de quien Dios dijo: “He encontrado en David, hijo de Isaí, a un hombre conforme a mi propio corazón; él hará todo lo que yo quiero que haga”.

Antes de David fue rey Saúl, y de una u otra manera ambos habían desobedecido a Dios, pero algo los diferenciaba: el volver al corazón de Papá. Ambos vivieron amarguras, sintieron celos enfermizos, planearon la muerte deshonesta de otro, fueron orgullosos y mentirosos, o sea que ninguno de los dos merecía ser premiado… Sin embargo, uno de ellos tuvo la capacidad de arrepentirse, obedecer y seguir confiando en la soberanía de Dios.

¿Qué puedo decir? Ver esta realidad me da paz, consuelo y mucha esperanza. Saber que si me vuelvo a Dios cuando me equivoco Él me recibe, que si dudo puedo volver a confiar, que si tengo miedo una y otra vez me puede llenar su paz… ¡Que todo lo puedo porque Cristo me fortalece y transforma! Que mis errores y debilidades no son más fuertes que su Gracia y su perdón.

En tiempos de miedo, extremos cuidados, mientras luchamos con la enfermedad y la angustia podemos ser valientes más allá de nuestras propias fuerzas.

Porque ser valiente no solamente tiene que ver con el valor que los otros te dan, sino con el valor que Papá te da. Creerle a Él más que a las circunstancias.

Hoy Él te dice: “Valeroso, ve con tus fuerzas”; sí, el Señor te dice: “Como valiente te llamé”.

Cristo no murió por algo sin valor; murió porque para él tenés un valor superlativo. Más allá de diagnósticos o resultados positivos o negativos recordemos que el término “convaleciente” significa: “volver a estar sano”, “volver a tener valor”.

Ruth O. Herrera