Verdadero anfitrión

Un fariseo invitó a Jesús a comer, y Jesús fue a su casa. Estaba sentado a la mesa, cuando una mujer de mala vida, que vivía en el mismo pueblo y que supo que Jesús había ido a comer a casa del fariseo, llegó con un frasco de alabastro lleno de perfume.  Llorando, se puso junto a los pies de Jesús y comenzó a bañarlos con lágrimas. Luego los secó con sus cabellos, los besó y derramó sobre ellos el perfume.

Lucas 7:36-38 DHH
(Énfasis del autor)

¡Qué gran necesidad de perdón y aceptación!

“Nadie puede percibir verdaderamente lo precioso que es Cristo y la gloria del evangelio, excepto los que tienen el corazón roto”. Comentario Matthew Henry

No sabemos el nombre de esta mujer, pero pocas palabras describen su necesidad de amor y perdón. Un contraste absoluto con la actitud del anfitrión de la casa. Al leer la historia me pregunto: ¿por qué este fariseo invitó a Jesús? ¿Quería probarlo, ponerle una trampa?

Los protagonistas del relato son tan opuestos en su realidad como en su actitud. El que se creía superior mostró claramente su pobreza de corazón. La que era humillada fue en cambio extremadamente valiente y determinada.

El fariseo que había invitado a Jesús, al ver esto, pensó: «Si este hombre fuera de veras un profeta, se daría cuenta de qué clase de persona es ésta que lo está tocando: una mujer de mala vida.»

Lucas 7:39 DHH
(Énfasis del autor)

Es evidente que en aquella mesa la crítica, el desprecio, el juicio eran maneras cotidianas de convivir. Un hombre de “alcurnia espiritual” debe haberse sentido extremadamente incómodo con aquella mujer. ¡Esta es mí casa!, pensó en su interior.

¿Cómo puede ser que este rabí no respete mi mesa? La situación le quitó toda posibilidad de reconocer a Jesús como el Mesías, más bien afirmó su mirada de desprecio.

Pero el Rey volvió a poner las cosas claras y lo enfrentó a su propio espejo. No lo humilló, al contrario, le contó una historia en la que él estaba en igualdad de condiciones ante Dios, y sin siquiera ser un buen anfitrión…

Jesús siguió: —Dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y como no le podían pagar, el prestamista les perdonó la deuda a los dos. Ahora dime, ¿cuál de ellos le amará más? 43 Simón le contestó: —Me parece que el hombre a quien más le perdonó. (…) 45 No me saludaste con un beso, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. 46 No me pusiste ungüento en la cabeza, pero ella ha derramado perfume sobre mis pies. 47 Por esto te digo que sus muchos pecados son perdonados, porque amó mucho; pero la persona a quien poco se le perdona, poco amor muestra.

Lucas 7: 41-43, 45-47 DHH

Jesús aceptó la invitación, se sentó a la mesa del “hombre conocedor de la ley”, pero quien verdaderamente honró aquella mesa fue una mujer reconocida como pecadora. La persona que realmente lo recibió fue ella. No era su casa ni su mesa, pero era quien realmente invitó a Jesús a ser Soberano. Dos personas opuestas en todo sentido, pero solo una realmente fue verdadero anfitrión.

Yo quiero ser como ella…

Ruth O. Herrera