Violencia por migajas

“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos juntos, también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas”.

»Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Págame lo que me debes!”, exigió.  Su compañero se postró delante de él. “Ten paciencia conmigo —rogó—, y te lo pagaré”.  Pero él se negó. Más bien fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda

Mateo 18: 28- 30 (NVI)
(Énfasis del autor)

La historia continúa. El funcionario salió muy feliz de su encuentro con el rey, pero inmediatamente se encontró con un compañero a quien le había prestado una pequeña suma. De la alegría pasó a la violencia desmedida: lo agarró del cuello y trató de matarlo, mientras le exigía que pagase la deuda.

Su compañero hizo lo mismo que él había hecho poco antes: se postró, rogó que le tuviera paciencia y prometió saldar el dinero. Ante su ruego, la respuesta fue la cárcel.

Cuando lo leemos superficialmente, es muy fácil creer que el malo es el funcionario y nosotros no somos así ni por asomo. Nos identificamos con el rey. ¿No?

Nos gusta pensar que somos empáticos (nos ponemos en el lugar del otro, nos identificamos) pero la empatía es diferente de la compasión. La compasión implica identificarse con el sufrimiento ajeno y actuar en consecuencia. Jesús no nos pide que solo seamos empáticos, sino compasivos. Que demos lo que hemos recibido de Él.

A nosotros nos duele perder lo que es nuestro. Si alguien te debe, querés recuperar lo que prestaste. Te costó ganarlo. Es tuyo. El sistema te lo repite todo el tiempo, sin pausa: “Te esforzaste para tener lo que tenés; pensá en vos y en tu familia; que cada uno se haga cargo de sus asuntos; que no se endeude si no tiene con qué pagar”.

En la parábola, el rey tuvo compasión y lo perdonó. El funcionario, en cambio, estuvo a punto de asesinar a su compañero y, además, lo mandó directo al calabozo.

¡Cuánto necesitamos recordar que debemos ser como nuestro Padre Celestial!

Ustedes deben ser compasivos con todas las personas, así como Dios, su Padre, es compasivo con todos.»

Lucas 6:36 TLA

Podemos ser compasivos porque tenemos el ADN de nuestro Papá del cielo.  La vida, con sus demandas desmedidas y su aceleración constante, nos lleva fácilmente a olvidar esta verdad. Por eso, cuando descubrimos la maldad y el egoísmo que se esconden en nuestro corazón, tenemos que confesar y arrepentirnos. Ante el amor incondicional y el perdón de nuestro Señor, todo egoísmo y falta de misericordia van cayendo. 

 

 

Mónica Lemos