Jesús los vio y les dijo: —Vayan al templo, para que los sacerdotes los examinen y vean si ustedes están totalmente sanos.
Y mientras los diez hombres iban al templo, quedaron sanos. Uno de ellos, al verse sano, regresó gritando: «¡Gracias, Dios mío! ¡Muchas gracias!» Cuando llegó ante Jesús, se arrodilló hasta tocar el suelo con su frente, y le dio las gracias. Este hombre era de la región de Samaria.
Al ver eso, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿No eran diez los que quedaron sanos? ¿Por qué sólo este extranjero volvió para dar gracias a Dios?»
Lucas 17: 14-18 TLA
Todos fueron al rito de la purificación, esto significaba volver a integrarse a la sociedad una vez que el sacerdote los declaraba sanos y así recuperaban sus vidas
Uno solo fue el que volvió, uno solo quiso más que su salud física, uno solo quiso un milagro completo y se rehusó solamente al milagro de la salud.
¿Qué milagro estás buscando, qué estás necesitando? A quien necesitamos es a Cristo porque en él nuestra salud se renueva, nuestro espíritu se renueva, nuestra visión se renueva.
¿Dónde están los nueve que no volvieron a darme Gracias? preguntó Jesús. Creo que hoy sigue preguntando por aquellos que fuimos sanados, salvados, llamados y restaurados. ¿Dónde están los que tienen una fe con propósito?
Los diez leprosos creyeron en Jesús, pero solo para mirarse a sí mismos y no para mirarlo a Él. Fue el leproso samaritano que buscó a Jesús quien pudo acercarse y seguramente tocarlo. El que pudo sentir su olor el que logró el abrazo, el que lo conoció realmente.
Fue un extranjero el que desató el encuentro de la gratitud. Y cuando el leproso ya sanado fue agradecerle a Jesús el milagro de la sanidad, también se manisfestó a través de esa gratitud porque exaltó la grandeza de Dios.
La gratitud me define como alguien justo con el otro. Ser agradecidos nos saca del lugar de privilegio, cambia la primera persona por el otro. Ser agradecidos es una decisión.
Luego Jesús le dijo al hombre: «¡Levántate y vete! Has quedado sano porque confiaste en mí.»
De la miseria a la adoración. El samaritano corrió hacia Jesús y se postró en gratitud y adoración. Comenzó una nueva vida enfocado, le dio sentido a su sanidad.
Gratitud y adoración están entrelazadas no hay adoración sin gratitud. Cada uno de los milagros que recibimos cada día pueden solo ser buenas experiencias o pueden ser la renovación de nuestro vínculo con Dios.
Yo quiero ser de los que vuelven a adorar… ¿y vos?
