Yo soy responsable

¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, El cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; Porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna.

Salmos 133:1-3 RVR
(Énfasis del autor)

David gobernó durante cuarenta años en Israel y durante este período el pueblo vivía maravillado. Celebraba de manera permanente las maravillas, los portentos y las obras de Dios, cómo cuando alejó a los enemigos, o de la manera que Dios gobernaba esta Nación. Eran tiempos de alegría y de gobierno pleno del Señor sobre ellos.

Israel tenía un rey que consultaba a Dios antes de tomar decisiones de gobierno, vez tras vez le preguntaba a Él cómo debía proceder. El ejemplo que el pueblo recibía era el de ser gobernados por alguien que tenía una relación muy íntima con Aquel que lo había puesto como autoridad. Sus canciones brotaban de sus propias vivencias, tenía muy claro que el “habitar juntos y en armonía” sólo lo podía producir Dios que desde un principio había formado UN pueblo y lo había formado para que le perteneciera y lo expresara siendo de bendición a las demás naciones. 

Estar juntos no necesariamente implica tener la misma vocación, objetivo o el mismo deseo de servir. Pero sabemos lo que Dios provoca en quienes lo buscan es el poder realcionarse amorosamente en las diferencias. En el pueblo de Dios el Espíritu Santo es el que tiene esa capacidad de realmente formar un cuerpo sólido.

En este salmo la palabra “juntos” expresa la unión como la acción de juntar dos o más elementos para formar un todo o realizar una misma actividad

Cuando Cristo está entre nosotros y le permitimos ser el centro es difícil romper ese vínculo, aunque a veces las diferencias sean mas evidentes.  

El Señor nos ha puesto en un cuerpo. La unidad que no puede romperse ha sido dada por el Espíritu. Nuestra tarea es ser astutos, cuidadosos, dispuestos; en otras palabras, si algo amenaza la unidad y la armonía vos y yo somos los responsables en no hechar leña al fuego.

Sí, yo soy responsable, la primera persona en estar atento/a para que eso no suceda. ¿Cómo? Comprendiendo y aceptando las diferencias. Amando, perdonando y pidiendo perdón. Con acciones concretas, posibles para cuidar al otro.

La unidad que hemos recibido por pertenecer a Cristo es una realidad en los cielos y en la tierra, pero es nuestra tarea diaria trabajar para “avivarla”.

 

Ruth O. Herrera