Dios mío, tú me conoces muy bien; ¡sabes todo acerca de mí! Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; ¡aunque esté lejos de ti, me lees los pensamientos! Sabes lo que hago y lo que no hago; ¡no hay nada que no sepas! Todavía no he dicho nada, y tú ya sabes qué diré.
Salmo 139: 1-4 TLA
En el primer viaje que fui sola a visitar a mi familia, todo parecía estar bien hasta que bajé del avión y llegué al aeropuerto de la ciudad que visitaba, pero claro… todas las indicaciones estaban en un idioma que no entendía, la gente a mi alrededor hablaba en otro idioma y quien tenía que sellar mi pasaporte para entrar a ese país… por supuesto hablaba otro idioma. Y para colmo no fue nada agradable la inesperada sorpresa que, según aquel trabajador de aduana, no podía quedarme en ese país, por un detalle que yo desconocía. Caminé varios minutos en círculo sin saber que hacer y entonces sencillamente me quedé parada en un rincón esperando… Pasaban los minutos y mi sensación de inseguridad iba en aumento. Miraba a cada persona que pasaba delante de mí como si fuera “mi ayuda”. Me esforcé por no alterarme, realmente necesitaba ayuda y la necesitaba en mi propio idioma.
Mientras esperaba no sé qué, comencé a repetir en voz alta una y otra y otra vez aquel texto que dice: “mi socorro viene del Señor”. Hasta que un muchacho bajito y delgado me escuchó desde la mesa de migraciones, se me acercó y me dijo con tono centroamericano: _ ¿Necesita ayuda? No fue sólo la pregunta salvadora lo que hizo que me saltaran lágrimas… sino el impacto de que además me habló en mi propio idioma.
En fin, pueden imaginar mi alegría y el final de esta historia.
Esa fue la única vez en mi vida que vi a ese muchacho, pero fue alguien que con su pregunta cambió mi día oscuro en uno claro y fue él un puente para los encuentros y abrazos que me esperaban detrás de la puerta giratoria del aeropuerto.
Esta breve historia sólo ilustra el hecho de que todos, en algún momento o etapa de nuestra vida, por grandes o pequeños problemas, necesitamos la ayuda urgente de alguien que nos entienda. Muchas veces pasamos por la incertidumbre de no saber cuándo o cómo puede venir la ayuda… esa que necesitamos en nuestro propio idioma… en nuestra propia realidad y circunstancia, la cercanía de alguien que nos comprenda.
¡Qué bueno saber que Dios entiende no solo nuestro idioma verbal! Lo más importante es que entiende el idioma de nuestra alma. Muchas veces al orar se nos acaban las palabras, nos sentimos incapaces de verbalizar lo que deseamos o sentimos, pero Dios, nuestro amoroso Papi nos conoce tan profundamente que hasta detecta e interpreta nuestros silencios.
“Dios mío, tú me conoces muy bien”
Como cuando con solo una mirada podemos entender a la persona que amamos por el lenguaje gestual porque tenemos una comunión estrecha y cotidiana, nuestra amistad con Papá nos hace transparentes para Él.
El completo conocimiento que Dios tiene de nosotros no se relaciona con el control o la mirada de juicio, es más bien Su amor demostrado en una extrema cercanía y cuidado.
Papá conoce tus lágrimas, tus alegrías, tu apatía y hasta lejanía, y te rodea absolutamente interesado en vos.
Me da tanta paz que conozca mi idioma, mis falencias y necesidades, y saber que realmente cuando no sé como expresarme Él me dice: Yo te entiendo.
Ruth O. Herrera
